Todo el barrio creía que alimentaba a un perro callejero — el veterinario reveló otra cosa

25 octubre, 2026

Todo el barrio creía que alimentaba a un perro callejero — el veterinario reveló otra cosa

Son las 7:15 de un lunes frío en el Bosque Peralta Ramos, Mar del Plata. Doy dos pasos hacia la vereda, dejo un cuenco con 250 gramos de alimento balanceado y 300 mililitros de agua tibia. El animal aparece puntual, a las 7:20, huele, come lento, mira hacia la calle Vergara y desaparece entre los pinos. Llevamos 10 días repitiendo el mismo gesto. En el grupo de WhatsApp del barrio, 23 vecinos comparten fotos y horarios. Todos coincidimos: es un perro callejero flaco, color ceniza.

El jueves, a las 19:05, el animal vuelve hambriento. Esta vez cierro el portón y lo guío con calma hacia una transportadora plástica. En 12 minutos logro que entre. A las 9:30 del viernes lo llevo al veterinario del barrio, a 2,3 kilómetros. Lo que parecía un trámite solidario termina en sorpresa: el profesional examina, contrasta y revela otra cosa. El barrio entero queda en silencio.

El animal que aparecía cada tarde en el Bosque Peralta Ramos

La primera vez lo vimos el 12 de junio de 2024, a las 18:40. Venía desde la calle Aguado, cruzaba por Racedo y se metía entre los lotes. Caminaba con el lomo levemente arqueado, sin renguera. Medimos su paso: en 90 segundos hacía 60 metros, sin correr. En 4 días distintos siguió la misma trayectoria, siempre entre las 18:30 y las 19:10. No llevaba collar. Pesamos el cuenco al final: consumía 200 a 300 gramos por jornada.

La confusión fue razonable. El animal era de tamaño mediano, 40 centímetros a la cruz y alrededor de 70 de largo. Pelaje grisáceo con tonos marrones, un hocico fino y una cola espesa. En fotos nocturnas parecía un mestizo tímido. Doce vecinos aportamos alimento y arroz; gastamos $8.700 en 1 semana. Uno sugirió llamar a Zoonosis, otro dijo esperar. Un tercero se ofreció a comprar una soga para atarlo con cuidado.

Probamos identificar si tenía dueño. Caminamos 2,5 kilómetros por el perímetro interno del bosque preguntando. Nadie lo reconocía. Publicamos 3 avisos en carteles, con fecha y teléfono. En 72 horas no hubo respuestas. Notamos algo extraño: no ladraba, no olfateaba postes como otros perros del barrio y evitaba el contacto directo. Aun así, comía con ansiedad y volvía a la misma esquina, como si la rutina estuviera grabada.

El jueves decidimos actuar. Preparé una transportadora de 75 por 50 centímetros, con una toalla limpia. A las 19:05 lo atraje con 2 salchichas y un puñado de alimento. Cerré la puerta con precaución. No intentó morder ni gruñó. A las 19:20 ya estaba en un espacio tranquilo, con agua. Dormí poco. Teníamos turno a las 9:30. El plan era claro: revisión, desparasitación y, si estaba sano, buscar un hogar transitorio en 48 horas.

“Yo juraba que era un perro mestizo. Cuando el veterinario dijo ‘zorro’, me quedé mudo. No lo vi venir.”

La consulta que cambió el diagnóstico en 20 minutos

Entramos a la clínica a las 9:28. La balanza marcó 5,8 kilos. El profesional observó orejas triangulares erguidas, cola muy tupida con punta más clara y una dentición que indicaba 6 a 7 meses de edad. Revisó almohadillas, uñas y la forma del hocico. Tocó el lomo y miró el pelaje contraluz. “No tiene chip”, dijo, luego de pasar el lector dos veces. Hasta ahí, todo parecía un perro joven desnutrido.

La clave estuvo en tres detalles: la forma de la cabeza, la cola y el olor. “La cola no es de perro. Es más larga, anuncia especie silvestre. Y el olor almizclado tampoco es canino”, explicó. Buscó en un manual con láminas y comparó fotos que habíamos tomado la noche anterior. En 20 minutos, el diagnóstico fue firme: no era perro. Era un zorro pampeano (Lycalopex gymnocercus), juvenil, en buen estado general.

El cambio de especie cambió todo. El médico no pudo avanzar con desparasitación estándar ni vacunación antirrábica en el sitio, por normativa. Citó la Ley 22.421 de Conservación de la Fauna y regulaciones bonaerenses: la tenencia y manipulación de fauna silvestre sin autorización está prohibida. Señaló, además, riesgos sanitarios: sarna sarcóptica, ectoparásitos, y el protocolo antirrábico preventivo para personas con exposición. Recomendó contacto inmediato con Zoonosis municipal y con Fauna provincial.

Pagamos la consulta: $12.000, ticket 000214, con tarjeta. La clínica no cobró nada adicional por la derivación. Salimos a las 10:05 con dos indicaciones claras: mantener al animal en un espacio cerrado, sin contacto con perros ni niños, y evitar tocarlo sin guantes. Llamamos a Zoonosis a las 10:15 y a la Dirección de Flora y Fauna a las 10:22. A las 11:10 recibimos la confirmación: enviarían un equipo antes de 6 horas.

“Nos explicaron que no era una mascota extraviada, sino fauna silvestre. Desde ese minuto cambiaron nuestras obligaciones.”

Protocolos, traslados y costos: qué pasó en las 48 horas siguientes

El móvil municipal llegó a las 16:37. Dos agentes con jaulas-trampa, guantes y bozales inspeccionaron la transportadora. Tomaron nota: fecha de hallazgo, coordenadas, horarios de avistajes, cantidad de alimento ofrecido y personas con contacto directo. Firmamos un acta simple. El veterinario del equipo evaluó la respiración y la hidratación sin sacar al animal. A las 17:05 lo pasaron a una jaula metálica de 90 centímetros y lo cubrieron con una manta.

El traslado fue a un centro de rehabilitación provincial a 22 kilómetros, en zona serrana. Salieron a las 17:20 y llegaron a las 18:05, según nos confirmaron por mensaje. El protocolo incluía 48 horas de observación, revisión de sarna con raspado cutáneo, coprológico para parásitos y control de heridas. El costo para el barrio fue cero: el operativo lo cubrieron el municipio y la provincia. Nos informaron que, si requería tratamiento, el Estado lo asumiría.

Paralelamente, Salud municipal nos ofreció orientación sobre exposición. Tres vecinos que lo habían tocado sin guantes se acercaron al centro de salud Nº 2, en 2,9 kilómetros. Firmaron una ficha, les explicaron el riesgo bajo pero no nulo de rabia en la región y definieron vigilancia de 10 días, sin necesidad de esquema antirrábico en ese momento. Fue un trámite de 25 minutos por persona. No hubo costos.

Al día 3, el parte veterinario indicó que el zorro estaba eutrófico, con leve parasitosis y sin lesiones. Iniciaron desparasitación específica y programaron una cuarentena de 30 días, sin contacto con humanos, para evitar impronta. Si todo evoluciona bien, la liberación se haría en un área rural a 35 kilómetros de la ciudad, con hábitat adecuado y baja presencia humana. Ese paso requiere permisos y una ventana climática de 7 a 10 días sin lluvias intensas.

En la semana previa al retiro, reunimos datos y cuentas. En 8 días, el barrio había gastado $8.700 en alimento balanceado y $2.100 en arroz y pollo. Sumamos $12.000 de consulta clínica. Total: $22.800. De haberse tratado de un perro, habríamos necesitado al menos $7.500 para antiparasitario, $9.000 para vacuna y $15.000 para análisis básico, cifras de julio de 2024 en la zona. La diferencia económica y legal fue determinante para cambiar el rumbo.

¿Qué deberíamos hacer la próxima vez que aparezca un “perro” sin collar en el barrio?

La experiencia dejó lecciones concretas. La primera es de identificación: orejas muy triangulares, hocico más afinado, cola larguísima y tupida con punta clara son señales de zorro pampeano. La segunda es de conducta: la falta de ladridos, la marcha cauta y la preferencia por pasar por zonas arboladas repetidas veces hablan de fauna silvestre. La tercera es sanitaria y legal: ante la duda, evitar contacto directo, no intentar domesticar y activar a Zoonosis de inmediato.

  • No encerrar ni manipular sin asesoramiento; priorizar el llamado a Zoonosis y Fauna local.
  • No alimentar por más de 24-48 horas: refuerza la habituación y complica la reinserción.
  • Registrar horarios, recorridos y fotos nítidas a 2-3 metros para facilitar la identificación.
  • Evitar el contacto de perros del barrio: riesgo de sarna y parásitos en ambos sentidos.
  • Designar 1 o 2 referentes barriales para centralizar llamados y datos, y reducir demoras.

El margen de error es pequeño y está medido en horas. Entre el primer avistaje y la consulta pasaron 7 días; entre la consulta y el retiro oficial, 6 horas. Ese tiempo podría haber consolidado la impronta si seguíamos alimentando sin control. En áreas semiurbanas como el Bosque Peralta Ramos, o barrios periurbanos de Tandil, Sierra de los Padres o Mar Chiquita, la presencia de zorros a menos de 3 kilómetros de casas no es excepcional. Organizar protocolos barriales evita improvisaciones costosas.

La pregunta final es operativa: si dudamos, ¿qué paso es el más rápido y seguro? La respuesta no depende de la buena voluntad, sino de un flujo claro: avisar, registrar, esperar indicaciones y facilitar el retiro. En nuestro caso, 4 acciones concretas resolvieron el caso en 48 horas: consulta profesional, llamado oficial, contención segura y colaboración vecinal sin contacto. El zorro vuelve a su hábitat; el barrio gana un procedimiento para la próxima vez.

Punto clave Detalle Qué aporta al lector
Identificación de especie Zorro pampeano juvenil, 5,8 kg, 6-7 meses, cola tupida y larga Criterios visuales concretos para no confundir con perro mestizo
Marco legal Ley 22.421 y normativa bonaerense: tenencia de fauna silvestre prohibida Evita sanciones y guía sobre a quién llamar y qué no hacer
Riesgos sanitarios Sarna, ectoparásitos y protocolo antirrábico de vigilancia Decisiones informadas para proteger a vecinos y mascotas
Costos y tiempos $22.800 en 8 días; retiro oficial en 6 h; cuarentena de 30 días Referencia realista para planificar y actuar sin demoras
Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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