Empezó a viajar a los 75 años y ya recorrió todo el país: «Ojalá hubiera arrancado antes»

28 junio, 2026

Empezó a viajar a los 75 años y ya recorrió todo el país: «Ojalá hubiera arrancado antes»

Con la maleta en una mano y la curiosidad en la otra, Rosa se subió a un bus cuando muchos ya piensan en quedarse en casa. A esa edad, el mapa parecía más grande y el reloj más corto, pero el deseo de moverse la empujó a la ruta. «La vida me llamó desde la ventanilla», dice, con una sonrisa que desarma la prisa de cualquiera.

El primer trayecto fue lento, casi tímido, como quien aprende otro alfabeto. El segundo llegó con más aire, y a la tercera semana Rosa ya coleccionaba tiques, nombres de pueblos y olores de mercados. «Me repetía: si no es ahora, ¿cuándo?», cuenta, abrigando el bolso como un gato que ronronea.

Una chispa tardía, pero intensa

A los setenta y cinco, muchas cosas parecen cerrarse, pero otras se abren como puertas en verano. Rosa no buscaba épicas, solo un pedacito de horizonte, una calle distinta, un banco en otra plaza. La rutina la había vuelto una piedra quieta, y decidió volverse río en pleno otoño.

Aprendió a nombrar los relieves, a distinguir el sabor del pan caliente en cada región, a entender que todos los trenes llegan, aunque alguno demore o cambie de andén. «No tengo prisa por el final, tengo ansiedad por los comienzos», repite, como una oración sin templo.

Aprender un mapa nuevo del tiempo

Descubrió que el tiempo no se mide con minutos, sino con pasos y con sillas compartidas. Hay relojes que corren en las oficinas, y otros que laten en los paraderos de ruta. Rosa eligió el segundo, un pulso que se lleva en los pies.

La edad no la volvió frágil, la volvió selectiva: camina donde hay sombras, sube cuando hay pasamanos, descansa sin pedir perdón. «La prudencia no es miedo, es técnica de vida», sonríe, mientras guarda una botella de agua como un talismán.

La mochila y el miedo

Su mochila pesa lo justo, porque aprendió a negociar con sus apegos. Llevó fotos de su infancia, un cuaderno azul, una navaja pequeña y un par de sandalias. Dejó los “por si acaso” y eligió los “por si hoy”.

El miedo no desapareció, pero encontró su sitio en el bolsillo interior. «Viajar con temor es mejor que quedarse con pena», dice, recordando la primera noche en una posada donde la luz parpadeaba como un insecto.

Los hallazgos en la ruta

No se trata solo de kilómetros, sino de voces, platos, silencios y rituales. Un camionero le enseñó a pedir café corto en la banquina; una maestra le regaló un cuento en un quiosco. En un puerto leyeron juntas un poema, y el mar respondió con un oleaje paciente.

Rosa recogió nombres de artesanos, hojas de árboles, recetas de guisos. De cada ciudad guardó un sonido: el golpe del martillo en la herrería, el grito del vendedor de naranjas, el canto de una peña donde improvisó un zapateo torpe. «En la ruta uno se vuelve poroso, y todo entra como luz», dice, tocándose el pecho con la palma.

Lo que aprendió al preguntar

Su método fue simple: mirar a los ojos, agradecer, preguntar sin pudor. Descubrió que la gente cuenta sus historias como quien ofrece pan, y que escuchar sacia una hambre distinta. «No busqué lugares perfectos, busqué mesas donde me hicieran un sitio pequeño», confiesa, mientras ordena sus bitácoras.

Las conversaciones le cambiaron rutas, la desviaron de atajos, la salvaron de tormentas y la metieron en un carnaval improvisado. En un pueblo sin semáforos, un coro de niñas la llamó “abuela nómada”, y ella entendió que el apodo no era un lazo, era una llave.

Consejos que le cambiaron la ruta

De tanto probar, Rosa armó una lista concisa que repite a quien la detiene en un banco de plaza:

  • Lleva poco, pero lleva bueno, y deja espacio para lo que aparezca.
  • Cuida tus rodillas, pero no olvides cuidar tu mirada.
  • Come donde coman los locales, perdona la espera y pide otra historia.
  • Confía en tu nariz: si algo huele mal, da la vuelta y toma otro camino.
  • Ten siempre una copia de tus papeles y un teléfono con batería prudente.

Mirar adelante sin reloj

Al volver, Rosa no volvió igual, porque nadie regresa del mismo modo en que parte. Dejó en la mesa del living un mapa lleno de líneas, y al lado una taza vacía con restos de yerba. «No existe el “muy tarde”, existe el “no me animo»», repite cuando alguien le pregunta por qué empezó en ese punto de la vida.

No viajó para juntarlo todo, sino para soltar cosas: resignó horarios, algunos miedos, varias opiniones. Ganó en calma, en paciencia, en ese tipo de valentía que no grita, y que se sienta a mirar cómo el sol cambia de acera.

Hoy, cuando recorre los álbumes, se ríe de su primera foto borrosa con un dedo tapando la lente. Luego aparece un puente, un desierto, un tren a punto de partir. «Si pudiera hablarle a mi yo de hace diez años, le diría: toma el bolso y abre la puerta», susurra, tocando el borde del marco.

En su barrio algunos la llaman “la que se fue y volvió”, y a veces “la que anima a que otros salgan”. Rosa prefiere simplemente “vecina que camina lento”, y sigue señalando rutas con un lápiz gris. No sabe si repetirá el mismo recorrido, pero sabe que la próxima esquina será otra primavera.

Mientras prepara un nuevo trayecto, guarda el cuaderno azul y las direcciones que le deben un mate. La ventana está abierta, la calle respira, el país cabe en una mochila sobria. «Lo habría hecho antes, sí, pero lo estoy haciendo ahora, y eso me alcanza para sonreír»», dice, y el pasillo de su casa parece una estación con eco**.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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