A los 90 años visitó las Cataratas del Iguazú por primera vez: «Lloré como un chico»

28 junio, 2026

A los 90 años visitó las Cataratas del Iguazú por primera vez: «Lloré como un chico»

Tenía noventa años y una paciencia infinita. Durante décadas, Don Ernesto guardó un anhelo sencillo y contundente: ver con sus propios ojos el estruendo que otros le contaban con hipérboles. La vida, con sus atajos imprevistos y sus cuentas pendientes, fue posponiendo ese viaje, hasta que una mañana tibia de otoño alguien dijo “es hoy”.

Un deseo postergado

Creció escuchando la palabra Iguazú como si fuese un conjuro ancestral. En su mesa familiar, el mapa de la Argentina quedaba abierto en la esquina, con un círculo azul en el extremo norte. “Algún día”, repetía con una sonrisa modesta, y el “algún día” se iba estirando como un hilo elástico que nunca se cortaba.

Con el tiempo llegaron una cana tras otra, el bastón fiel, la presión un poco alta, y también una certeza piadosa: o iba ahora, o tal vez nunca. “No quería que mi sueño se volviera un recuerdo prestado”, murmuró, cerrando la cremallera de una mochila liviana.

El viaje que parecía imposible

Subió al micro con su nieta, que llevaba una carpeta con reservas impresas, caramelos de menta y un plan flexible pero terco. En el asiento, Don Ernesto tocaba el vidrio frío y contaba nubes como si contara años. “De joven todo era urgente; ahora todo es lento, y lo lento dura más”, comentó mirando el verde que se hacía selva.

Cuando el vehículo atravesó el último puente, una fragancia húmeda se deslizó por las ventanillas. Era un olor a piedras antiguas, a hojas aplastadas, a promesa viva. “Tal vez me alcance con oír”, dijo él, bajito, como quien tantea una felicidad cauta.

Primer rugido, primeras lágrimas

En la pasarela, cada paso fue un latido claro. El río parecía plano, pero respiraba bajo la superficie con una fuerza obstinada. “Escucho un bramido que no sé decir”, murmuró, apretando la baranda metálica. Unos metros más, y la garganta del agua apareció como un telón aparte, inabarcable y cercano, feroz y manso a la vez.

No gritó, no buscó el celular, no pidió otra foto. Le temblaron los párpados y le nació una risa breve, vencida por un llanto nuevo. “Me salieron lágrimas de niño”, reconoció, con una mezcla de pudor dulce y alivio honesto. Al lado, la nieta apretó su mano y no dijo nada, porque hay silencios más elocuentes que cualquier frase.

Pequeños rituales de un gran día

El paseo no fue una proeza deportiva, sino una ceremonia diaria hecha de cuidados simples: agua fresca, pasos cortos, sombra oportuna. Los guardaparques ofrecieron una silla plegable, un visitante le cedió el lugar frontal, una mujer brasileña dijo “coragem” con una sonrisa luminosa. Don Ernesto asentía, y en cada gesto encontraba una llave.

  • El estruendo que le vibró en el pecho, como un tambor que afina un corazón viejo.
  • La bruma que perló sus cejas, regalándole un refresco breve y limpio.
  • Los arcoíris que nacían de la nada húmeda, cortos como suspiros pero tozudamente reales.
  • La baranda tibia bajo la palma, sostén modesto y compañero firme.

Lecciones desde la pasarela

“Creí que venía a ver agua, y encontré tiempo”, dijo, ya sentado en un banco sombrío. En el estruendo distinguió pausas invisibles, y en el vapor una especie de consuelo que cubría sin tapar. “Uno aprende a ceder, y la cascada no cede, solo se entrega”, agregó con una lucidez mansa.

La nieta anotó frases en una libreta verde, porque intuía que ese día debía quedar anclado. “No vine a comprobar nada grande”, siguió él, “vine a agradecer lo pequeño: piernas que todavía responden, ojos que todavía mojan, oídos que todavía se asombran”.

Un eco que cura

Caminó despacio de regreso, con una paz extraña iluminándole los hombros frágiles. A cada paso, el rugido se hacía más lejano pero quedaba un eco amable, como una palmada en la espalda que dice “vas bien”. “No sé si volveré”, confesó, “pero esto ya me acompaña”.

En la salida, compró una postal mínima con un arcoíris perfecto y la guardó en la billetera gastada. “Para cuando me falte el aliento”, explicó, “la miraré y recordaré que una vez el mundo me habló en voz alta”.

Lo que queda después

Esa noche, en la hostería sencilla, el sueño le cayó encima como un manto. Despertó antes del amanecer, escuchó un pájaro temprano y sonrió sin darse cuenta. “Hay viajes que no se miden en kilómetros, sino en respiros”, dijo al preparar su valija pequeña.

De vuelta en casa, puso la postal sobre la mesa familiar y dibujó un círculo nuevo en el mapa. No marcó un próximo destino con ansia juvenil, sino con la calma sabia de quien entendió que el tiempo, a veces, se abre como una cascada lumínica y cae justo donde más hace falta.

“Si me preguntan qué sentí”, concluyó con una risa suave, “diré que el agua me contó una historia vieja y me regaló un final feliz que todavía sigue corriendo”. Y en ese decir había menos épica que gratitud, y una certeza limpia: hay maravillas que llegan tarde, pero llegan a la hora justa.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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