El amanecer en la Patagonia tenía un aire de cristal, y el asfalto frío parecía invitar al primer pedaleo. A sus 82 años, don Ernesto ajustó el casco con una calma de viejo oficio y miró el horizonte como quien abre una puerta secreta. “Lo hago paso a paso”, murmuró, antes de dejar que el viento le contara otra vez la historia del camino.
Una vida sobre ruedas
Ernesto no nació ciclista, pero sí con un curioso amor por lo sencillo. Creció entre calles de tierra y bicicletas sin cambios, y a los 68 decidió volver a ese juego que el tiempo suele dar por perdido. “Me prometí que no volvería a correr, pero sí a ir lejos”, dice, con esa media sonrisa de quien ya vio varias eras.
A los pocos meses de retomar el hábito, un médico le habló del “movimiento sin prisa”, esa fórmula que lo acompañó desde entonces: poco a poco, pero todos los días. Con una bici de aluminio y un sillín cómodo, aprendió a escuchar la música del pulso y a medir la respiración como si fuera otra forma de oración.
Su familia lo miraba con una mezcla de ternura y temor. “A esta edad, casi nadie cree que puedas con algo tan largo”, cuenta. Él respondió con paciencia y un cuaderno donde anotaba cada pequeño avance: kilómetro a kilómetro, como quien teje una red.
La travesía
La Ruta de los Siete Lagos es un collar de agua y piedra, un hilo azul entre bosques de coihue y montañas de nieve que parpadea según el clima. Ernesto la soñó durante inviernos de mapas, videos caseros y charlas en el club de la barrio. “No se trata de fuerza, se trata de constancia”, repetía mientras engrasaba la cadena.
Partió temprano, con luces encendidas, chaleco reflectante y una fe modesta en su cadencia de 70 rpm. El ripio le enseñó a flotar, las subidas a economizar el aire, y las bajadas a confiar en el instinto que guarda los frenos como un secreto cálido. “En la cuesta más larga conté hasta cien y volví a empezar”, recuerda, “porque a veces el cuerpo sólo necesita una excusa”.
En las paradas cortas, el mate pasó de mano en mano, y un grupo de jóvenes lo bautizó “el abuelo que no sabe parar”. Ernesto se rio y contestó con un “yo sólo sé seguir”. Cada kilómetro se convirtió en un pequeño brindis de silencio, y cada curva, en una cita con la luz que filtra el bosque.
Cuerpo, cabeza y comunidad
El entrenamiento fue una sinfonía de disciplina. Tres salidas semanales, ejercicios de movilidad para los hombros, estiramientos suaves y una comida que respetaba la simple regla del “colores en el plato”. Nada de milagros, sólo respeto por el ritmo.
“Si confías, el pedal responde; si te apuras, te castiga”, dice, como si hablara con la propia bicicleta. La mente, asegura, se entrena como el cuádriceps: pequeñas victorias, respiraciones contadas, y una frase de cabecera para cortar el miedo. La suya fue clara: “Hoy voy a estar donde están mis piernas”.
No lo hizo solo. Vecinos y sobrinos se turnaron para asistir con agua, frutas, y algún chiste en los momentos de peor viento. Un compañero de ruta le prestó una campera más corta, y otro ajustó la presión de las cubiertas para los tramos de grava más suelta. “La montaña pide humildad y te devuelve claridad”, resume con una paz que suena a fogón y noche.
Lo que aprendió en el camino
Más que una proeza, Ernesto habla de una práctica. De levantarse igual los días de flojera, de aceptar que el reloj tiene el humor de un gato, y de agradecer a cada músculo por lo que aún sostiene. Para quienes quieran intentarlo a cualquier edad, deja estos apuntes:
- Empieza corto y sé más terco que valiente.
- Ajusta la bici a tu cuerpo antes de exigirle al cuerpo a tu bici.
- Come y bebe antes de tener hambre o sed.
- Entrena la mente con rutinas de respiración simple.
- Pide compañía: el ánimo compartido pesa la mitad del miedo.
“Me dijeron que por qué no quedarme en casa con el calor de la estufa”, cuenta, “pero el cuerpo también se calienta pedaleando hacia una meta”. Aclara que no compite con nadie, que su trofeo es la silla de camping al final, el pan con queso y el sol en la cara como una moneda vieja.
Lo que viene después
Al regresar, guardó la bici limpia y se hizo un té con cáscara de limón. No hubo discursos, sólo un suspiro largo como una cuerda que por fin se afloja. Miró el calendario y marcó de rojo un día a la semana para repetir pequeñas travesías, porque la alegría también necesita agenda.
“Seguiré mientras me hablen las piernas”, dice, tocándose la rodilla con una gratitud de artesano que huele a taller. Sueña con otros valles, con rutas cortas, con estaciones tranquilas y con decir una vez más: “hoy salí y volví, que es otra forma de estar vivo”.
En su barrio ya circula una verdad sencilla: la edad no se discute, se acompaña. Y cuando un vecino lo cruza, le pide la receta del ánimo en dos palabras. Ernesto responde sin misterio: “descansa y vuelve”. Porque algunos viajes no se miden en horas, sino en la luz que dejan en los ojos al cerrar la puerta.