Tenía 81 años y una curiosidad aún filosa. En la Puna, frente a un silencio de sal, sintió que el mundo se abría sin pedir explicaciones. “Nunca estuve tan cerca del cielo”, dijo, con la risa de quien descubre un secreto a destiempo.
Había llegado desde Salta con una mochila leve y un cuaderno lleno de sellos. En el andén, el viento dibujaba surcos en la piel y el sol dejaba una claridad que quemaba sin hacer ruido. Ella miró las vías y dejó que el tiempo se volviera más largo.
Una viajera que desarma calendarios
Su nombre es Elvira, pero todos le dicen “Vira”, como si la vida pidiera un giro constante. Aprendió a envasar miedos en frascos chicos y a guardarlos entre medias de lana y remedios de hierbas. “La edad te vuelve selectiva”, bromea, “y eso es un privilegio gigante”.
Dice que no colecciona destinos sino travesías. Prefiere recordar el olor a metal tibio de los vagones, el crujir alto de los viaductos, el color casi líquido de los cerros al pasar por los túneles. Y ese aire tan seco que la hizo beber sorbos cortos y mirar más lento.
El vértigo como cátedra
El día amaneció con cielo duro y una claridad que parecía recién lavada. A medida que el tren escalaba la altura, sintió una mezcla de cumbia y latidos en el pecho, una danza tímida de ansiedad y júbilo. “Si algo enseña la altura es a escuchar el propio pulso”, dijo, abrigando el cuello con una bufanda vieja.
Cuando el convoy asomó sobre un viaducto que parecía flotar, alguien gritó “¡Miren!”. Ella no miró el abismo, miró el horizonte, que parecía sostenerlo todo como una cuerda tensa. “Nunca estuve tan cerca del cielo”, repitió, con los ojos llenos de una luz que no sabía nombrar.
Lecciones que no caben en un mapa
Después del viaje, cambió su forma de andar por el mundo. Anotó que el tiempo merece pausas, que la altura pide respeto, que la belleza se deja ver si una baja la velocidad. Y que la compañía más fiel es una respiración pareja.
En casa, quitó de la pared un calendario y colgó una cuerda con broches para fotos de papel. Cada imagen tiene un borde gastado y un apunte breve: “vino tibio”, “nieve baja”, “zapatos con polvo”. Dice que así la memoria respira con menos apuro.
Cómo se prepara para seguir
“Viajar a esta edad es una artesanía de detalles”, asegura, encajando en la maleta cosas simples pero muy pensadas. Sus rituales son pequeños, casi secretos, pero los comparte con la paciencia de una maestra.
- Lleva un pañuelo de lana y una libreta con tapas rojas; dice que la calidez y la tinta salvan más que una brújula de metal.
Conversaciones con la altura
En San Antonio de los Cobres, un vendedor le ofreció hojas de coca. Ella aceptó, no por mística, sino por esa diplomacia que uno teje con el cuerpo cuando lo escucha. “La altura enseña cortesías”, anotó, “como beber despacio y decir más poco”.
Un niño le preguntó cuántos años tenía y si no le daba miedo. “Claro que sí”, respondió, “pero los miedos son como gatos: necesitan una ventana abierta”. El chico rió, y ella guardó esa risa entre los pasajes y los tiquetes.
El oficio de llegar
Vira no viaja para sumar marcas, viaja para perder un poco la costumbre de sí misma. Se sienta del lado de la ventana y deja que el paisaje haga su trabajo: limar preocupaciones, pulir preguntas, estirar la mirada hasta donde el ojo se rinde y la mente se queda quieta.
Habitó el traqueteo como una música de fondo, una percusión de clavos y ruedas que marcaba el compás de su propio andar. “El ritmo del tren me sostiene”, dice, “como si cada golpe dijera aún puedes”.
Una promesa en marcha
Desde aquel día, no detuvo la ruta. Aprendió a dormir en camas ajenas, a preguntar por el agua del lugar, a tomar sopa cuando el frío enrolla la espalda. Descubrió que una sonrisa en la mañana abre puertas que ni siquiera sabías que eran puertas.
No busca postales perfectas, busca ecos. A veces los halla en una plaza mínima, a veces en un mercado de lana, a veces en el filo de un puente. “Lo más bello llega cuando te faltan palabras”, anota, con una caligrafía que tiembla y brilla como una brasa.
Lo que falta por ver
Ahora arma su próxima salida con la serenidad de quien aprendió a escuchar la sombra del cansancio. Dice que elegirá destinos con montañas que respiren despacio y trenes que sepan cantar. Sus manos, venosas y cálidas, doblan la ropa como se dobla un cuento.
Antes de dormir, revisa el bolsillo donde guarda los temores, los mismos que la empujan a salir al camino. “No busco récords, busco instantes”, repite, y a su manera promete seguir pisando alto, donde el aire se hace fino y el mundo, por fin, se queda claro.