Empezó a acampar a los 74 años y ya durmió en diez provincias: «Descubrí un país que no conocía»

6 julio, 2026

Empezó a acampar a los 74 años y ya durmió en diez provincias: «Descubrí un país que no conocía»

Tenía 74 años cuando dobló una carpa por primera vez y encendió un hornillo chiquito.
No hubo épica, ni plan maestro, ni foto perfecta: solo una mochila, una colchoneta y la curiosidad.

“A esa edad todo el mundo te dice cuidado; yo me dije probá”, cuenta, con la voz serena de quien se acostumbró al viento nocturno y a distinguir el canto de un sapo del de un zorzal.
Desde entonces, las noches bajo lonas fueron sumando kilómetros, anécdotas y una certeza simple: “Descubrí lugares que estaban cerca y que, sin embargo, me eran ajenos”.

De la sala al suelo

La decisión nació una tarde cualquiera, mientras acomodaba fotografías viejas en el living.
Se vio rodeada de marcos y sintió que la casa era demasiado grande, demasiado silenciosa.

“Compré una carpa sencilla y pedí consejo en un grupo de viajeros”, dice.
Una semana después, estrenó el equipo en un camping municipal, con un termo tibio y una sopa de sobre.

No había glamour: sí había asombro.
“Dormir a centímetros de la tierra te baja el volumen del mundo”, afirma.
A la mañana, el olor a eucalipto se mezcló con el pan recién hecho del kiosco del camping, y algo encajó.

Diez provincias, diez fogones

La ruta la llevó por planicies amarillas, desfiladeros de piedra y costas de río que se peinan con juncos.
En Córdoba, el sol cayó detrás de un cerro violeta, y un vecino de carpa convidó mate con maní tostado.

En Misiones, una garúa fina humedeció la carpa, y una vecina le enseñó a colgar el toldo con nudos marineros.
“Me dijeron que la lluvia iba a ser enemiga, y fue maestra”, se ríe.

En Mendoza, el cielo de invierno fue una campana azul, y el viento Zonda sopló como bestia mansa.
“Aprendí a leer nubes y a oler el viento”, asegura.

Jujuy la recibió con un atardecer tan rojo que parecía inventado; Río Negro, con un lago que partía la luz en mil pedacitos.
En La Pampa, la llanura fue un lienzo enorme, y una liebre cruzó como una coma en mitad de una frase.

“En cada lugar encontré una mesa y un saludo”, relata.
“Cuando te ven con carpa, te preguntan si te falta algo; casi siempre te sobra compañía”.

El equipaje que cabe en una risa

La mochila dejó de pesar cuando aprendió a elegir lo mínimo.
“No hace falta tanto, hace falta lo justo”, repite, como quien desgrana una receta breve.

  • Un cuchillo afilado y una linterna con pilas de reserva
  • Una manta liviana que también sirve de bufanda
  • Un cuaderno chico y un lápiz que no se queda sin batería
  • Un botiquín simple y una bolsita para la basura
  • Un mapa de papel para cuando el teléfono se queda sin señal

“Lo que más pesa es el miedo”, agrega.
“Cuando lo acomodás en el bolsillo chico, todo entra mejor”.

Lecciones a la intemperie

En la ruta aprendió a pedir ayuda sin vergüenza y a ofrecerla sin condiciones.
“Una vez se me voló una estaca y un chico de 20 me enseñó a fijarla con una piedra; después le cosí el botón de la campera”.

También aprendió a escuchar los silencios.
“Hay grillos que te hacen compañía, y hay silencios que te muestran lo que falta”, dice.

Las noches trajeron una aritmética nueva: contar estrellas en vez de likes, medir el frío por capas y no por números de app.
“Si tenés frío, te abrigás; si tenés hambre, calentás agua.
La vida se vuelve menos enredo y más acción”.

Redes de ruta y hospitalidad

No viaja sola del todo: viaja con una red de nombres que se encienden en cada mapa.
“En Salta me esperaba el mensaje de Marta: ‘tenés agua caliente’.
En Neuquén, Carlos me guardó un lugar a la sombra”.

Cada camping es una plaza con relatos encendidos a modo de fogón.
Hay camioneros que saben atar cargas, maestras que coleccionan piedritas de río, parejas que hacen malabares con la lluvia y el presupuesto.

“Una noche compartimos fideos con salsa de lata; estaban riquísimos porque había risa”, recuerda.
“Entendí que la comodidad también puede ser una trampa”.

El país interior

Lo que más la sorprende no son los paisajes, sino los rituales.
“En Corrientes me ofrecieron chipá como si fuera un abrazo; en San Luis me dijeron ‘quedate’ como si ya fuera de la familia”.

La carpa, dice, le dio un idioma común con personas que nunca habría cruzado en su antiguo calendario.
“Donde hay un fogón, hay una conversación; donde hay una olla, hay una historia”.

Lo que falta andar

Desde la primera noche hasta hoy, la cuenta suma más de diez provincias y una decena larga de veranos y otoños.
No corre contra el reloj: camina con su ritmo, para que el tiempo no la pase por arriba.

“Cuando cumplís 70 te regalan cremas; yo me regalé un piso de tierra”, bromea.
“Si algo aprendí es que la intemperie también te protege: te recuerda que estás viva”.

Le quedan rutas por probar, amigos por conocer y lluvias por escuchar desde la carpa.
“Mientras me sigan latiendo las piernas y la curiosidad, voy a seguir armando y desarmando mi casa de tela”, dice.

Y sonríe, porque en la mochila hay sitio para una última noche, y en el cielo siempre asoma una estrella que guía despacito, como quien te ofrece un vaso de agua y te invita a quedarte un rato más.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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