Visitó Cafayate a los 89 años para probar el vino de altura: «Guardé este viaje para el final»

6 julio, 2026

Visitó Cafayate a los 89 años para probar el vino de altura: «Guardé este viaje para el final»

A los 89 años, Elena bajó del ómnibus con una sonrisa pequeña y una bufanda color uva. Había guardado este deseo como quien protege un corcho antiguo: lejos del sol, cerca del pecho. “Vine a ver si el vino y la altura todavía me hablan”, dijo, mientras el aire claro de los Valles Calchaquíes le hacía brillar los ojos.

No venía a coleccionar bodegas, ni a tachar catas en un itinerario. Buscaba un encuentro con el tiempo, ese que en la ciudad corre con prisa y aquí, entre viñedos, se decanta. “Si camino lento, es porque quiero que el silencio me espere”, susurró, guardando una piedra lisa en el bolsillo.

El viaje postergado

Durante años, el mapa de la Argentina fue para Elena una constelación de destinos que siempre quedaban un poco más lejos. La vida hizo su juego de ajedrez, y ella movió peones de trabajo, familia y salud. “No vine antes porque tenía la copa llena de otras cosas”, confesó, apoyando la mano en un poste de madera.

Ahora, la excusa era simple y luminosa: probar el vino de altura en su propio suelo. “No quiero una lista de cosechas”, dijo, “solo un par de tragos que me cuenten historias”. En su libreta llevaba notas breves, palabras sueltas como “luz”, “arena”, “boca” y “memoria”.

Cafayate en altura

El valle es una lengua de piedra y verde a casi 1.700 metros sobre el mar. De día, el sol pega con una franqueza que hace cantar a las chicharras; de noche, el fresco baja como un telón de teatro. Esa amplitud térmica regala uvas con piel firme y aromas que huelen a cáscara de limón y flores blancas en el caso del Torrontés.

Los suelos son pobres y sabios, hechos de arena y grava. Las raíces buscan profundidad y aprenden a lidiar con la sed, concentrando carácter en cada grano. En ese pulso rudo, nace la finura que después se vuelve copa.

Degustar el tiempo

Elena comenzó por un Torrontés joven, fresco como la mañana de un día sin apuro. Lo acercó a la nariz y dejó que subiera un perfume de azahar y durazno blanco, con un borde de hierba buena. “Es como abrir la ventana de la casa de mi abuela”, dijo, y el guía sonrió con un silencioso.

Luego pidió un Tannat. En la copa, la sombra era más profunda, y el primer sorbo leve y serio. “Aquí está la voz grave del valle”, apuntó, notando taninos firmes y una fruta oscura, amarrada por un trazo de piedra. El tercer vino fue un Malbec de altura, tenso y limpio, con ese hilo de frescura que te recuerda que el viento también escribe en la viña.

Voces de la tierra

Un enólogo, manos curtidas y sombrero gastado, la escuchó con atención de médico de pueblo. “Lo que siente es la luz en las uvas y la noche en los taninos”, dijo, moviendo apenas la copa con un gesto de oficio. “Aquí todo es extremo y todo se vuelve medida”.

Elena le respondió con una risa breve: “Yo también soy un poco extrema; la vejez te enseña a dejar lo innecesario en la mesa”. Él replicó: “Entonces va a entender por qué usamos ánforas para algunos blancos; buscamos silencio, buscamos textura”. Y le acercó un vino de pieles, ámbar claro, con una acaricia de .

Un mapa de pasos cortos

En una mañana tibia, armó su ruta de pulso lento. No quería más que cuatro paradas y un almuerzo al sol:

  • Un viñedo antiguo con parrales bajos y sombras de adobe, para tocar la madera vieja y oler la tierra.
  • Una bodega familiar que fermente en hormigón, donde el mosto aún se pisa con cuidado.
  • Una finca que experimente con ánforas y blends, para entender cómo el lugar se vuelve textura.
  • Un pequeño museo del vino, con fotos descoloridas y una prensa vieja, para escuchar nombres que ya no se pronuncian.

La mesa tendida

Al mediodía, la humita humeaba en hojas de maíz, y las empanadas traían comino y calor. Un torrontés seco, de acidez filosa y corazón floral, cortaba la grasa con un hilo de luz. “Este vino es una conversación que nunca se vuelve grito”, anotó, mientras un sonido de guitarras llegaba desde un patio.

Un perro se echó a sus pies y el mozo comentó, medio en serio: “Aquí la siesta es religión, pero la copa siempre tiene horario”. Elena levantó el vaso y brindó por las cosas sencillas. “A esta edad, los brindis se hacen cortos y claros”, murmuró, dejando el último bocado para el viento.

Aprender a soltar

No corrió bodegas ni juntó sellos. Se quedó a mirar cómo las nubes se movían lentas sobre un cerro rojo y las vides dormían en su geografía de alambre y susurro. “El vino me gusta porque acepta la espera”, dijo, “y yo también he aprendido a esperar”.

En la tarde, un racimo quedó en su mano como un souvenir no comprado en ningún puesto. “Me lo guardo en la memoria, no en la valija”, comentó, dejando que las pieles le tiñeran los dedos. El guía respondió: “Así es como el lugar se vuelve propio”.

Lo que queda en la copa

Antes de irse, Elena buscó sombra y escribió tres líneas en su libreta: “La altura te ordena el pulso. La luz limpia el paladar. El tiempo es un vino que se respeta”. Cerró el cuaderno y respiró hondo, como quien descorcha una tarde.

“Vine tarde, pero vine con hambre de calma”, dijo, parándose con la suavidad de quien pisa uva. El chofer la saludó con un “hasta pronto”, y ella contestó: “El viaje verdadero empieza cuando la copa queda un poco vacía”. En la ventana del ómnibus, el valle se hizo pequeño, y el recuerdo quedó, como un sorbo que se guarda para lo último.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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