A los 86 años recorrió los Esteros del Iberá en canoa: «Escuché el silencio por primera vez»

5 julio, 2026

A los 86 años recorrió los Esteros del Iberá en canoa: «Escuché el silencio por primera vez»

La mañana amaneció con bruma y un olor a junco que parecía quedarse pegado en la piel. Con ochenta y seis, Lorenzo amarró su canoa a la orilla y se calzó los remos con una parsimonia antigua. No había prisa, solo una promesa que venía desde muy adentro. “Hoy no vengo a llegar, vengo a escuchar”, murmuró con una sonrisa delgada mientras la corriente lo invitaba a entrar.

El impulso tardío

La decisión nació en un invierno largo, de esos que invitan a mirar fotografías viejas y prometerse lo que uno postergó demasiado tiempo. Lorenzo había trabajado en talleres, había criado hijas y plantado árboles, pero la canoa siempre quedó en la esquina del deseo. “Me dije: si la sangre sigue cantando, que cante donde el agua hace caminos”, contó, con esa manera de juntar palabras como quien sopla brasas.

Un paisaje de agua y memoria

Los Esteros del Iberá son un laberinto de lagunas, esteros y embalsados que respiran como un animal antiguo. Es uno de los humedales más grandes de Sudamérica, un corazón de agua que late entre pajonales, islas flotantes y un cielo desmesurado. Allí conviven carpinchos suaves, yacarés inmóviles, ciervos del pantano que aparecen como susurros, y una orquesta de aves que turnan el día en una sinfonía mutable.

Preparar el viaje sin apurar el pulso

Lorenzo no es temerario, es curioso y prudente, así que preparó lo básico con un método terco y una paciencia alegre. “No vine a batir récords, vine a no perderme de lo sencillo”, dijo, acomodando lo elemental con manos decididas y ojos entrenados.

  • Un chaleco salvavidas cómodo y bien ajustado.
  • Agua y comida ligera, con frutas frescas y frutos secos energéticos.
  • Un sombrero de ala ancha y protector solar generoso.
  • Un mapa plastificado y una brújula que aún le hace caso.
  • Una capa para la llovizna y una manta liviana.

Remar como quien conversara con el tiempo

El primer tramo se abrió en un silencio húmedo, atravesado por el crujir de los embalsados que se apartaban como cortinas verdes. Cada palada sonaba a paladar, una sílaba de agua que lo hacía avanzar sin apuro y con un respeto casi ritual. “Aprendí a no pelearle al viento, a dejar que me adopte el rumbo del día”, explicó con una risa baja que parecía flotar como una garza.

Encuentros que enseñan a mirar

Un carpincho salió del matorral y se quedó mirándolo, con esa cara de filósofo dócil que tienen los carpinchos cuando todo está tranquilo. Más adelante, un yacaré abrió un ojo antiguo que reflejaba el cielo como un espejo cansado, y volvió a cerrarlo con una paz precolombina. “No vine a tocar nada, vine a pasar sin dejar más huella que mi asombro”, dijo, y la canoa continuó como una cometa que aprendió a andar por el agua.

El sonido de lo que no hace ruido

Al caer la tarde, el viento se volvió hilo y los pájaros cambiaron de turno. Lorenzo apoyó los remos, cerró los ojos y dejó que los sonidos se fueran afinando hasta convertirse en una presencia exacta. “De pronto, lo que quedaba era un silencio lleno de vida, como si la tierra estuviera respirando y yo pudiera oír la costura de ese aliento”, relató, con la voz apenas temblada. No era ausencia de ruido, era una música tibia que venía de las ranas, del agua que rozaba la madera, del cielo que parecía abrirse con un clic imperceptible.

El cuerpo y el asombro no se jubilan

A su edad, los brazos obedecen con un ritmo más lento, pero también más sabio. Antes del viaje, hizo ejercicios suaves, caminó cada tarde y aprendió a respirar como quien mide una vela para que dure toda la noche. “El cuerpo te pide escucha, no castigo, y lo que uno pierde en ímpetu lo gana en manera de decirle sí al momento”, dijo con una serenidad luminosa.

Conversaciones en la orilla

Un guardaparque se acercó en una lancha baja y preguntó si todo iba bien. Hablaron del trabajo de restauración ecológica, de las especies que vuelven como memoria encarnada, y del orgullo de ver a la gente llegar con la mirada más abierta que cuando se fue. Lorenzo agradeció la vigilia silenciosa de quienes cuidan el lugar y pidió, con un gesto humilde, que no olviden barrer sus propias orillas en la ciudad.

Lo que uno trae de vuelta

Al regresar, la canoa traía marcas de agua que parecían escritura antigua. Lorenzo decía que la jornada le regaló un modo nuevo de estar, algo así como un asiento en la primera fila del misterio sin sentir que debía aplaudir al final. “No sé si soy más valiente, pero soy más lento, y en la lentitud hay una alegría que antes no veía”, confesó, acomodando el remo como quien devuelve una herramienta al lugar donde pertenece su descanso.

Un pedido para quienes recién empiezan

Antes de irse, dejó un consejo breve que sonó a brújula: “Vengan sin prisa y con ganas de escuchar, que aquí el mundo habla a volumen bajo y las respuestas aparecen cuando uno no está buscándolas”. Que traigan la cámara, sí, pero también un poco de silencio para compartir con el agua. Que recuerden que la estela de una canoa es un subrayado fino, un gesto que respeta la página donde luego otro leerá.

La tarde se cerró con una nube de dorados sobre la laguna y una fila de chajás que partían hacia el oeste. Lorenzo miró el horizonte y sonrió con una gratitud tranquila, como si hubiera aprendido a deletrear su propio nombre pero con alfabeto de agua. Y mientras guardaba la canoa, volvió a decirse, apenas en susurro, que hay viajes que no buscan distancia, buscan escucha.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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