Se animó a viajar a los 77 años y ahora no para: «Ojalá no hubiera esperado tanto»

15 julio, 2026

Se animó a viajar a los 77 años y ahora no para: «Ojalá no hubiera esperado tanto»

A los 77, Carmen decidió que el tiempo ya no iba a esperarla. Vivía con una rutina pulcra, la agenda llena de “otro día”, hasta que una tarde vio pasar un tren y sintió que su vida se quedaba en el andén. Compró un billete barato a una ciudad cercana, metió tres prendas en una mochila y prometió volver solo cuando dejara de sorprenderse. “No hace falta ser valiente, hace falta no seguir posponiendo”, me dijo mientras señalaba un mapa cubierto de pegatinas. Desde entonces, acumula sellos, amistades y fotos de amanecer, con una alegría que no cabe en ninguna maleta.

Una chispa tardía

La primera escapada fue a una ciudad que siempre creyó impersonal, y la descubrió mínima en sus detalles: una panadería que olía a mantequilla, un puente que crujía como madera, un café donde la llamaron por su nombre. “Regresé al hotel con las rodillas cansadas y el corazón nuevo”, recuerda. Al volver a casa, el silencio le pareció más largo, así que compró otro billete y dejó la puerta entreabierta como quien no quiere cerrar capítulos.

La chispa se volvió costumbre. Empezó por trenes cortos, luego por trayectos nocturnos, finalmente por fronteras que no sabía que estaban tan cerca. “Me di cuenta de que el mundo se acorta cuando una camina a su ritmo”, dice entre risas claras y ojos curiosos.

El mundo como aula

Carmen apunta palabras en una libreta blanda: “gracias”, “agua”, “estación”, “pan”. Cada día aprende dos frases y se premia con una pastita. En el móvil, descubrió los mapas sin conexión y ahora navega calles laberínticas con el índice en alto, como una antena humana.

“Viajar me ha devuelto la curiosidad”, confiesa. Se sienta en plazas y escucha el murmullo de las vidas ajenas como si fueran radio antigua. Habla con estudiantes, con camareros, con abuelas que cargan bolsas de naranjas. “Cuando compartes una mesa pequeña, el mundo se hace cercano”, le dijo una mujer en un mercado de barrio.

Una mochila de miedos

No todo fue fácil. “El primer día me asustó el silencio del hotel”, cuenta. El segundo, la lluvia en un andén frío. El tercero, la duda de si su cuerpo aguantaría. Aprendió a llevar sus medicinas como se lleva una brújula: a la mano, sin dramatizar ni olvidar.

También domó la tecnología con paciencia terca. “Yo creía que el QR era un insecto raro”, bromea. Ahora guarda billetes digitales y copias impresas, comparte su ubicación con su hija y pide ayuda cuando las pantallas se vuelven misteriosas. “El miedo pesa el doble que la maleta”, repite, “pero se aligera con pasos”.

Pequeños trucos que le funcionan

  • Reservar la primera y la última noche por adelantado, y dejar el medio a la improvisación.
  • Llevar una copia de documentos en un correo propio, y otra en una carpeta de papel.
  • Usar mapas offline y aprender tres frases útiles antes de llegar.
  • Caminar con bastones plegables y descansar sin pedir permiso al orgullo.
  • Decir sí a los desayunos compartidos, donde nacen las mejores historias.

Kilómetros y pertenencia

En un hostal pequeño hizo su primera amiga de ruta, una profesora jubilada que viaja con una baraja para romper el hielo. En un tren conoció a un chef joven que le enseñó a pronunciar el nombre de un queso impronunciable y le regaló una receta simple. En un museo, un vigilante le dijo: “Usted camina como quien busca respuestas”, y ella pensó que quizá caminaba como quien busca preguntas.

Aprendió el valor del despacio. Comparte mesa con gente que no volverá a ver, y sin embargo deja memorias que no se borra. “No me siento de ninguna parte y pertenezco a muchas orillas”, afirma. Su casa, dice, está donde el hervidor hace burbuja y hay una silla cerca de una ventana.

Lo que queda por andar

Ahora guarda en la nevera un calendario con puntos rojos y azules: tramos del Camino por etapas, un ferry a islas que siempre imaginó lejanas, una visita a una amiga de la infancia que vive en una ciudad con calles empinadas. Sueña con ver una aurora pálida, con bailar un vals en una plaza ancha, con aprender a decir “hasta luego” en cinco idiomas más.

A quienes dudan, les aconseja empezar con un viaje corto, a una hora de casa, con una merienda en el bolso. “No esperen a que todo esté perfecto”, dice, mientras dobla un mapa con manos firmes. “La perfección se tarda y la vida se pasa”. Luego guarda la libreta, paga el café y mira el reloj con una sonrisa: aún queda tiempo para otro paso. Porque cada día, a cualquier edad, la aventura cabe en un billete y en el latido de una decisión. Y porque viajar, para ella, ya no es un sueño lejano, sino una forma cotidiana de estar viva.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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