El amanecer en Salta tiene un tono seco y una luz limpia que llama a moverse. En la vereda de una casa baja, un anciano ajusta sus cordones con calma y mira el cielo, como quien negocia con el día. “Hay que salir antes del calor”, dice con una sonrisa fina, y echar a andar hacia los cerros donde la ciudad se vuelve murmullo.
Un amanecer que no negocia
Se llama Ernesto, y sus pasos son cortos, medidos, de quien cuenta el ritmo como si fuera un rezo. En su mochila lleva lo justo: agua, un bastón plegable, un pañuelo y una fe obstinada en el movimiento. “El cuerpo aguanta más de lo que uno imagina”, suelta, con la voz seca de la altura y un brillo terco en los ojos. El sendero de San Bernardo se le abre como un viejo compañero, con escalones que conoce casi de memoria.
Memoria en las piedras
Ernesto nació cuando el tren aún cruzaba lentos los valles, y aprendió a caminar entre piedras antes de saber leer. En su juventud cargó bolsas en el mercado municipal, desgranando maíz y sudando bajo veranos largos. Dice que ahí aprendió a respetar el cuerpo, a no pedirle de golpe lo que se gana con tiempo. “No me entreno para ganar nada”, asegura, “me entreno para seguir, que es otra clase de premio”.
La ciencia del paso corto
En la pendiente, su respiración es calma y las rodillas se flexionan como bisagras viejas, pero firmes. Cada diez minutos, se detiene a mirar el valle, a tomar un sorbo de agua y a ajustar la ritmia del corazón a la música de los pájaros. “No hay apuro, el cerro no tiene hora”, bromea, mientras deja que el sol le acaricie la nuca delgada. Él mismo resume sus reglas, con humor seco y sabiduría práctica:
- Paso corto, respiración profunda.
- Agua frecuente, ni mucha ni poca.
- Bastón ligero, orgullo liviano.
- Zapato amigo, ruta conocida.
- Escuchar al pecho, no al ego.
Salud, miedo y compañía
Sus hijos viven lejos, pero llaman cada tarde, y le piden que salga con algún vecino o con el grupo de caminantes mayores de la plaza. Él acepta a veces, aunque prefiere el silencio y esa charla íntima con el cerro que fluye sin apuros. El médico del barrio lo revisa cada seis meses, celebra su presión y le recomienda media dosis de prudencia por cada kilo de ganas de andar. “El miedo está para conversar con él”, dice Ernesto, “no para mandar”.
Los cerros como escuela
En la Quebrada de San Lorenzo, la humedad le cambia el paso, y aprende de nuevo a pisar sobre barro con cuidado de equilibrista tranquilo. En los Valles Calchaquíes, el aire es más seco, y las sombras se acortan como promesas breves que hay que tomar con el reloj de arena. Cada cerro le muestra un detalle distinto: la senda que se bifurca, el zorro que observa, el cactus que florece sin pedir permiso.
El tiempo no se cura, se camina
Ernesto perdió amigos, y perdió también la ansiedad de llegar primero, porque entendió que el tiempo se anda, no se vence. En cada descanso, saca de su bolsillo una foto gastada de su compañera de vida, y le habla de la ruta, de las nubes y del olor a jarilla que sube como una oración terrestre. “Si me escucha o no, no lo sé”, dice, “pero me pone el paso parejo, y eso alcanza para seguir”.
Técnica, ritual y alegría
La gente lo saluda al cruzarlo en las escaleras del cerro, le piden un consejo o una selfie que él acepta con risa sencilla. Él responde con fórmulas simples: “Respiración, paciencia, y una ilusión pequeña por día”. A veces, al bajar, compra pan tostado y comparte con los perros que lo escoltan como viejos capitanes, atentos a su ritmo y a sus gestos mínimos.
Polvo, luz y un futuro sin prisa
Al terminar, se sacude el polvo con una palmada suave, como quien regresa de un oficio que honra sin títulos. No hace planes grandes, ni relojes ambiciosos, pero guarda la fecha de la próxima subida en un cuaderno con letras claras. “Mañana veremos”, sonríe, “mientras tanto, que las piernas conversen con la tierra y el corazón con la brisa”.
El mensaje bajo el sombrero
Lo que de verdad predica, sin discursos, es una ética del cuidado y del deseo que no se apaga. Que el movimiento es un idioma humano, y que la quietud puede ser otra forma de estar presente si el cuerpo lo pide. Pero cuando el cuerpo quiere, dice, suele querer más de lo que nuestra cabeza le concede.
A la tarde, la ciudad vuelve a su ruido y las sombras se estiran sobre los techos de teja. Ernesto cierra el portón, guarda el bastón y deja los zapatos al sol, como si fueran dos peces secándose en una playa andina. Mañana, a la misma hora, volverá a subir por el camino de siempre, llevando en el lomo liviano un secreto viejo: la vida encuentra su música cuando el paso se hace propio.