A los 89 años subió a un avión por primera vez para ver el Sur: «Toda la vida lo soñé de lejos»

13 julio, 2026

A los 89 años subió a un avión por primera vez para ver el Sur: «Toda la vida lo soñé de lejos»

Apenas apoyó la mano en el apoyabrazos, sintió que el mundo se hacía ligero y, por primera vez, la promesa de un horizonte nuevo sonó cercana. Dicen que uno recuerda el primer amor y el primer viaje, y él, a sus ochenta y nueve, decidió sumar ambos en un mismo latido. “No me alcanzó el tiempo antes, pero ahora sí”, murmuró, con el cinturón abrochado y los ojos como ventanas recién lavadas.

Un sueño que cruzó décadas

Lo había imaginado durante años en la cocina, entre mates y un mapa arrugado clavado con un imán. Creció trabajando la tierra, con estaciones puntuales y ahorros que siempre se iban en lo urgente. Viajar parecía un lujo, algo de otros, un faro prendido del otro lado del puente. “Siempre decía ‘algún día’, y el día se me hacía largo”, reconoció con una sonrisa franca.

Cuando enviudó, aprendió a ordenar la soledad con pequeñas rutinas y una libreta de letras grandes. Allí escribió “ir al Sur” como quien enciende una vela a la paciencia. Los nietos lo empujaron con ternura, le prometieron acompañarlo y armaron, paso a paso, la hoja de ruta que lo llevó del barrio a la nube.

El día del despegue

El aeropuerto era un hormiguero con piso brillante y anuncios que masticaban idiomas. Él caminó despacio, con zapatos viejos y una camisa que había planchado la tarde anterior. Le asombró el control de seguridad: esa coreografía de sacar la moneda del bolsillo y pasar los brazos en cruz como quien reza de pie, mirando un punto fijo.

Una azafata le tocó el hombro con una delicadeza azul y lo guió hasta la ventanilla, ese altar mínimo donde cabe el mundo entero. “¿Nervioso?”, le preguntó con una sonrisa de alas cortas. “Más bien curioso”, respondió, dejando que el miedo se escondiera detrás de la curva de su boca.

Ventanas, nubes y memoria

Cuando el avión trepó el cielo de la mañana, él sintió un cosquilleo de niño que descubre una tramoya. Las casas se volvieron migas sobre un mantel de cemento, y el río, una cinta doblada por manos gigantes. “¿Cómo cabe tanta vida allá abajo?”, suspiró, apoyando la frente en el vidrio tibio.

Pidió café con azúcar porque así tomaba con su compañera, y le pareció que el aroma traía de vuelta un domingo de pan casero. El comandante habló y la voz sonó como de vecino que comenta el clima, tranquila y clara. Entre nubes, recordó trenes ruidosos, asientos de madera y estaciones que olían a carbón y naranja. “Esto es otro tiempo del mismo reloj”, pensó, acomodando la bufanda.

El Sur que le esperaba

Al bajar, el viento le desordenó el peinado y le acomodó el alma como quien sacude una alfombra. Frente a él, montañas con costuras de nieve y un cielo que parecía estrenado ese día. “Me da vergüenza llorar, pero me sale solo”, dijo, y nadie quiso secarle la emoción.

Caminó entre lengas que olían a madera húmeda, escuchó el lenguaje del hielo, un susurro que pide silencio y deja sin apuro. En el muelle, las gaviotas firmaban el aire con pinceladas blancas y el agua devolvía espejos que no caben en una pared. Tocó una piedra lisa y se la guardó como quien guarda una promesa.

Pequeñas cosas que no quiso olvidar

  • El color del cielo al cambiar de latitud, un azul más hondo y un borde que parecía afilado.
  • El primer bocado de cordero con una corteza que crujió como leña, tibio y sereno.
  • La risa de una niña que señaló un glaciar y dijo “parece azúcar”, pura y redonda.
  • La tarde que se estira, y el frío que no muerde: apenas avisa, apenas canta.

Lo que aprendió viajando tarde

“Quise llegar antes, pero llegué bien”, dijo, sentado en un banco de madera que sabía a historia. Miró a sus nietos con una gratitud sin fotografía, de esas que solo quedan dentro y siguen ardiendo. Les habló de no posponer lo posible, de ahorrar en silencio para lo que encarna un deseo antiguo.

No hizo discursos, apenas dejó caer frases como piedras en un agua mansa: “No hay edad para la primera vez”, “Los sueños no caducan, cambian de piel”. Y repitió, serio y juguetón, que el miedo tiene piernas cortas y que la curiosidad camina más lejos.

Volver con algo nuevo

Regresó con una piedra en el bolsillo y un gorro de lana que le quedaba un poco grande, como los días que vinieron después, anchos y claros. En la mesa de la casa, puso una postal del glaciar y una servilleta del avión doblada como barco, por si alguna tarde quiere navegar sin moverse del taburete.

“Lo miré desde la vereda toda la vida y ahora lo tengo en el pecho”, dijo al despedirse del viento que se le había quedado en las orejas como una canción vieja. Esa noche durmió con la ventana entreabierta, para que entraran un poco de frío y un poco de recuerdo, y para que al amanecer el mapa colgado en la pared no fuera un dibujo, sino un abrazo.

Desde entonces, cuando alguien le pregunta si valió la pena, él ríe con una pizca de pícaro. “El tiempo se toma su tiempo”, contesta, y vuelve a calentar agua para un mate que humea lento, igual que una historia que, a fuerza de espera, aprendió a decirse sin prisa y a llegar justo a tiempo.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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