Tenía 86 años cuando aceptó una invitación que cambiaría su rutina para siempre. Viajó desde su pueblo pampeano hasta el noreste argentino y, al bajar del colectivo, descubrió un clima que le pareció casi marino. Dijo que el aire era «un abrigo húmedo», y que el suelo rojo le ensució los zapatos con una alegría infantil.
En pocos pasos, la calle se volvió sendero y el sendero se volvió selva. A cada trino desconocido, el viejo se detenía con una sonrisa lenta, como si alguien le estuviera narrando un secreto al oído. «Vine a mirar un rato y terminé escuchando», murmuró con una ternura que parecía nueva.
El viaje inesperado
El plan había nacido en una videollamada familiar, entre bromas sobre su terquedad y una oferta de pasajes. «No tengo nada que demostrar», repitió al principio, aferrado a su sillón de siempre. Pero la promesa de ver un verde que «no cabe en la mirada» logró doblarle el brazo.
La ruta 12 le pareció una cinta de ladrillo que cortaba una alfombra infinita. A cada curva, la vegetación se cerraba como una cortina y volvía a abrirse en claro. «Si me olvido de mí, esto me recuerda», dijo cuando el chofer señaló un arroyo con nombre guaraní.
Primer encuentro con la selva
El primer zambullido ocurrió en un sendero sencillo del Parque Nacional Iguazú, con la mañana todavía tibia y el canto de los tucanes como guía. La tierra colorada, al pisarla, crujía con una humedad que subía por la suela hasta las rodillas. El aire olía a hoja machacada, a palmito fugaz y a madera vieja.
Un coatí lo miró con curiosidad, y él lo miró con respeto y distancia prudente. «No vengo a tocar, vengo a que me toquen», dijo señalando la brisa que le despeinaba el poco pelo. A lo lejos rugió un carayá, y el viejo se quedó quieto, recogiendo el sonido como si fuera una moneda encontrada.
La mirada de un viejo nuevo
La edad no le pesó en las piernas, le pesó en los asombros. Caminaba despacio, pero su curiosidad corría por delante, empujando preguntas como lianas. «¿Cómo se llama ese árbol que se abre en tres?», «¿Por qué el agua parece más espesa?», «¿Quién canta detrás de esa sombra?».
Había leído sobre la selva paranaense, pero los libros no le habían contado el zumbido de los insectos a contraluz ni el mosaico de verdes que se repite sin repetirse. Cada tronco le parecía un relato, y cada hoja, un detalle que el mundo había escrito con paciencia.
Pequeños aprendizajes bajo el follaje
Con una guía local y un mate compartido, ensayó pasos más seguros y respiraciones más hondas. Aprendió a leer las hormigas cortadoras como quien lee un mapa, a distinguir un lapacho tardío de un palo rosa silencioso, y a escuchar el aviso de la lluvia antes de sentirla.
- Descubrió que el silencio de la selva está lleno de capas.
- Entendió que la tierra colorada mancha, pero también abraza.
- Aceptó que la prisa es un ruido que aquí se vuelve ajeno.
«Uno llega con calendario y se va con clima», dijo cuando el sol rompió un claro y encendió, por segundos, un enjambre de polvo dorado. Su nieta le alcanzó agua fría, y él la bebió como un pacto con la mañana verde.
Un instante en las cataratas
Frente al mirador, el estruendo le entró por los ojos antes que por los oídos. No describió el agua, describió la vibración que le trepaba por la camisa. «No es que caiga, es que sostiene», dijo, y dejó que el rocío le mojara los párpados hasta que fueron menos secos.
Se quedó un rato largo, con las manos en el barandal y el pulso en su sitio. «He visto mares, pero este bramido no termina en el horizonte», agregó con una mezcla de timidez alegre y gratitud que no pidió palabras.
Historias que crecen como raíces
De regreso en el pueblo, el viaje se le volvió cuento. En la mesa del almacén, entre salamines y naipes, repetía los nombres guaraníes con una afinación sorprendente. «Si digo Yryapú, siento que bajo una lluvia aunque esté bajo techo seco», decía golpeando la mesa con un índice contento.
No coleccionó souvenirs, coleccionó gestos: el saludo del guarda parques, la risa de una nena mbya, el guiño de un taxista que evitó una lagartija. «Las ciudades te enseñan a mirar arriba, la selva te enseña a mirar cerca», resumió mientras limpiaba la tierra del botín izquierdo.
Lo que se queda cuando uno se va
La experiencia no le quitó años, pero le sumó tiempo. Empezó a regar sus plantas con otra atención, a escuchar el pitido de los horneros como quien recuerda una melodía amiga. De tanto en tanto, se queda quieto y respira por la nariz, como si la selva hubiera quedado en su pecho.
«No hay que llegar primero, hay que llegar», repite cuando alguien duda por su edad. Y añade, con humor llano y tierno: «Si yo pude, pueden sus rodillas y su ganas». La frase no busca épica, busca complicidad con quienes todavía miran el mapa como quien mira un misterio.
Un llamado a la curiosidad
Dice que volverá en primavera, cuando el lapacho se ponga fuego y el aire lleve otra música clara. Dice que, si no vuelve, la selva ya encontró casa en su memoria y no piensa irse. Y que en su mesa habrá siempre un gajo de yerba suelta, como recuerdo de aquel día que cambió su calendario.
«Viajar no es moverse, es abrirse», remata con su voz grave y una sonrisa chiquita. Y cuando apaga la luz, alcanza el borde de la cama como quien busca un tronco firme, para seguir, mañana, caminando con pasos lentos y ojos nuevos.