Vecinos y cinéfilos han movilizado una ola de apoyo para un cine de barrio que, tras décadas de proyecciones, enfrenta una amenaza de cierre por la presión económica y el deterioro de sus instalaciones. En pocos días, la campaña ha logrado más de dieciocho mil rúbricas y un caudal de mensajes que piden tiempo, diálogo y soluciones.
El edificio, con su marquesina de bombillas y butacas de madera, ocupa una esquina reconocible de cualquier mapa sentimental de Madrid. Para muchos, perderlo sería “apagar una luz del barrio”, una frase que se repite en los carteles pegados por las calles.
H2 Un símbolo vecinal con décadas de historias
Desde los años setenta, su pantalla ha dado cobijo a estrenos, reposiciones y ciclos de autor, pero también a conversaciones después de la función y a esas tardes en que la lluvia empuja a la gente a un refugio común. “Aquí aprendí a mirar el mundo”, dice María G., vecina que aún guarda entradas de papel en una caja de zapatos.
El lugar sobrevivió a la televisión, al VHS y al streaming, adaptándose con pases en versión original, matinés infantiles y sesiones a precio reducido para jubilados. “Hemos programado con cariño y riesgo, confiando en el boca a boca”, cuenta Álvaro, programador voluntario, que habla de una “comunidad fiel y muy atenta”.
H2 La amenaza: renta al alza y obras pendientes
La propietaria del inmueble ha comunicado una subida de alquiler difícil de asumir, según la asociación que gestiona la sala. A ello se suman obras de accesibilidad y actualización técnica que requieren una inversión elevada e inmediata. “No pedimos milagros, pedimos tiempo y un marco viable”, dicen los organizadores.
En el barrio se rumorea una posible reconversión del espacio en comercio o oficinas, un horizonte que muchos ven como “otra pérdida que nos deja sin vida cultural en las calles”. La dirección insiste en que hay proyecto para seguir, si encajan un acuerdo de renta y un plan de modernización.
H2 Una campaña que prende
La recogida de firmas arrancó en línea y pronto saltó a las plazas. Mesas plegables, chapas artesanales y una fila constante de gente depositando su apoyo. “Es un cine pequeño, pero nos une a todos”, afirma Pablo R., estudiante que firma y reparte folletos.
Las redes han multiplicado el mensaje con vídeos de archivo, anécdotas y un hashtag que se coló en tendencias locales. Comerciantes del entorno han ofrecido vales de consumo para rifas solidarias, y un grupo de técnicos de sonido ha prometido horas de trabajo voluntario para auditar la cabina.
- Exigir una mesa de negociación con la propiedad y el Ayuntamiento
- Estudiar la figura de protección como espacio cultural de interés
- Poner en marcha una campaña de micromecenazgo con cuentas auditadas y calendario
- Abrir la sala a más usos comunitarios: cinefórum, talleres y conciertos acústicos
H2 Qué piden al Ayuntamiento y a la Comunidad
Los impulsores reclaman una solución institucional que combine ayudas a la rehabilitación, bonificaciones fiscales y, si procede, la declaración de relevancia cultural. “No se trata de subvencionar pérdidas, sino de atajar un desajuste coyuntural”, señalan en su manifiesto.
Fuentes del área de Cultura confirman que “se estudian opciones dentro del marco legal”, sin concretar plazos ni compromisos. La plataforma vecinal pide, como mínimo, una moratoria de desalojo mientras se negocia y se arma un plan financiero.
En asambleas abiertas, se ha propuesto un modelo mixto de gestión, con una cooperativa de usuarios y un patronato cultural que supervise cuentas y programación. “La transparencia es clave para que el apoyo se mantenga y se convierta en futuro”, apuntan.
H2 Más que una pantalla
Para muchas familias, esta sala es un punto de encuentro donde los niños descubren el cine sin algoritmos y los mayores vuelven a ver clásicos en pantalla grande. “Cuando se apagan las luces, el barrio respira al mismo ritmo”, dice Inés, jubilada que asiste cada domingo con su nieto.
El fin de semana pasado, decenas de voluntarios limpiaron butacas, repasaron molduras y pintaron la taquilla. Entre esmalte y disolvente, se escuchaban historias de primeras citas, películas que cambiaron vidas y promesas de seguir peleando.
Si nada cambia, el contrato vence a finales de mes y el proyector podría apagarse de forma indefinida. Pero la campaña no afloja: cada tarde, nuevas firmas, nuevas propuestas y una misma idea insistente. “Un barrio sin cine es un barrio más solo”, repiten. Y en esa frase hay tanta urgencia como esperanza de que la pantalla vuelva a encenderse.