La mañana amaneció con un cielo pálido y un silencio distinto, de esos que anuncian algo nuevo. A la vera del Nahuel Huapi, un hombre de pasos pequeños miró hacia arriba y extendió la mano como quien saluda al destino. Tenía 91 años, llevaba un gorro de lana color vino, y esperaba una primera vez que había postergado casi un siglo.
Un deseo guardado durante décadas
La vida de Ernesto Gómez, nacido en el Litoral y criado entre ríos marrones y veranos infinitos, estuvo marcada por el trabajo y la familia. Nunca hubo tiempo para el sur, ni para esa materia blanca que veía en las postales y en los noticieros de invierno. “Siempre pensé que me iría de este mundo sin ver eso que todos llaman magia”, dijo con una media sonrisa y los ojos con brillo de niño.
El viaje que lo cambió todo
Su nieta, Valentina, fue el motor de la aventura. Juntó ahorros, buscó ofertas y reservó un hospedaje con vista a los cerros. “Abuelo, ahora o nunca”, le dijo por teléfono, y él respondió con un “vamos” casi susurrado, como si no quisiera espantar la suerte. Viajaron en avión, con una bufanda prestada y una valija con más ilusiones que ropa de abrigo.
El primer contacto
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