A sus 84 años, Elena Paredes giró la llave del auto con una serenidad insólita. En el asiento del copiloto acomodó una bufanda y un termo, y cerró la puerta como quien comienza un ritual. No pidió permiso, no hizo un gran anuncio; solo trazó una ruta en un mapa arrugado y se puso en marcha.
La primera noche, bajo una luna pálida, repitió en voz baja lo que llevaba meses rumiando: “No estoy huyendo, estoy yendo”. La frase le sonó como un juramento, una breve canción de carretera.
Un volante lleno de memoria
Elena aprendió a manejar cuando las calles eran más lentas, y la paciencia, una norma. En aquel tiempo, los autos tenían más hierro que plástico y el futuro era una línea larga del horizonte. “Mi primer viaje sola fue a los 35, con un Fiat viejito”, recuerda con una risa fina, “me sentí invencible y a la vez una niña con zapatos nuevos”.
Su sed de ruta no nació del turismo, sino de una necesidad honda de movimiento. La vida, con sus golpes de suerte y sus ausencias, le enseñó a mantenerse despierta. “Si me quedo quieta, me oxido”, dice, con ese humor que no pregunta edad ni pide perdón.
La ruta hacia el sur
El plan era sencillo y tierno: salir de La Plata y apuntar al sur, por la columna de asfalto que cruza la Patagonia. Dormir en posadas, cargar combustible en estaciones perdidas, comer pan con queso y tomates en un descampado limpio. No buscó atajos ni grandes hazañas; buscó continuidad humana, una jornada tras otra.
Algunos días, el viento patagónico azotó como una tropa sin tregua, y el auto se aferró al piso como un animal que sabe dónde pisa. En las rectas interminables, Elena pensaba en sus hijas, en el perro que ya no está, en los libros que dejó apuntalados en la mesita. “La velocidad me aburre; la distancia me concentra”, confiesa, girando la mirada hacia los pastos que huyen.
La duda ajena, el impulso propio
Antes de salir, le dijeron que no era prudente. Que la edad impone bordes, que el cuerpo ya no responde. Elena asentía con una ternura diplomática, preparaba galletitas en una lata azul y cambiaba la batería del celular. “Casi nadie pensó que llegaría”, suelta con una sonrisa torcida, “pero la ruta no te pide credenciales, te pide cuidado”.
La incredulidad ajena se volvió una gasolina silenciosa. “No vengo a demostrar nada; vengo a vivir lo mío”, insistía, acariciando el volante con los dedos delgados. En cada parada, alguien le ofrecía un café o una historia mínima. Las conversaciones cortas, bajo techos de chapa, fueron quedando como huellas en el cuaderno de bitácora.
Un viaje que también es un alegato
Lo que para otros era una locura, para ella fue una reivindicación. En un mundo que administra a los mayores con ternura condescendiente y sermones de miedo, Elena encendió los faros como quien enciende una vela por su propia dignidad. “La edad no es una pared, es un paisaje”, dice, mientras acomoda el espejo para mirar el camino.
No idealiza su cuerpo, conoce los límites, respeta los silencios del sueño. Por eso planea con detalle, fracciona los tramos, entiende la fatiga y la “maña” del clima. A ratos, detiene el auto para escuchar el viento como quien escucha un antiguo consejo.
Consejos de carretera
- Llevar un mapa en papel además del GPS: la vista agradece la geografía con manchas y nombres en tinta.
- Dormir cuando el párpado lo pida, no cuando el reloj diga otra cosa.
- Comida simple, agua a mano, un termo con té o café para las pausas.
- Anunciar el itinerario a alguien de confianza y compartir ubicación.
- Revisar luces, frenos y cubiertas como un rezo mecánico serio.
El arribo y lo que queda
Cuando la ciudad más austral asomó entre nubes frías, Elena apagó la radio para oír el motor parejo. El azul del canal cortaba el aire con una belleza cruel y el cielo tenía un brillo de hielo nuevo. Estacionó frente a una hostería humilde, se bajó con esa calma de montaña que solo llega después de mucha confianza.
“Pensé que iba a llorar”, admite, “pero lo que sentí fue un silencio lleno, un silencio que abraza”. En la recepción, un joven le selló un mapa con la fecha y la miró con algo de asombro y algo de orgullo. Ella sonrió, pidió una sopa caliente y se sentó cerca de la ventana.
El viaje no terminó en el arribo, porque el camino se queda en el cuerpo como una música que tarda en apagarse. De regreso, planea tramos cortos, visitas a amigas viejas, fotos de alambrados y nubes que parecen barcos. “No es la última vez”, dice con una chispa en los ojos, “mientras pueda, voy a seguir yendo”.
Esa noche, antes de dormir, anotó una sola línea en el cuaderno: “La distancia no me aleja, me vuelve más nítida”. Afuera, el viento hizo su ronda, y un perro ladró como quien anuncia una aventura que todavía tiene kilómetros por delante. Y en el cuarto, sobre la mesa baja, brilló la llave del auto como una pequeña promesa que no se agota.