A los 84 años recorre las sierras de Córdoba en su vieja moto: «Recién ahora me siento libre»

24 junio, 2026

A los 84 años recorre las sierras de Córdoba en su vieja moto: «Recién ahora me siento libre»

El amanecer tiñe de rosa las sierras y el ronroneo de una moto antigua rompe el silencio húmedo de la ruta. Un hombre de 84 años ajusta los guantes, mira la curva que se abre como una promesa, y acelera con una calma casi musical. No corre, no demuestra; simplemente anda, como quien relee su propio libro a la velocidad justa para no saltarse ninguna página.

El ritual de cada amanecer

Sale cuando el frío muerde y los pájaros están todavía pensando si cantar. La ruta se estira, con olor a eucalipto y a pan recién horneado que llega desde un pueblo cercano. “La mañana me habla bajito”, dice, y añade que el primer kilómetro es para calentar el alma y el segundo para escuchar a la máquina.

En la espalda, una mochila con un par de herramientas, un mate, y un cuaderno que ya no teme a la lluvia. A la altura del kilómetro 32, siempre se detiene: toca la piedra más grande, deja una miga de pan, y sigue. “Hay costumbres que te cuidan sin que vos lo sepas”, sonríe.

Memoria, decisiones y caminos

No siempre fue así de ligero. Hubo décadas de fichar tarjeta, apurar el almuerzo, llegar tarde a la siesta y prometer que el domingo sí. “Un día supe que el domingo era hoy”, confiesa. Aprendió a despedirse sin perder, a quedarse sin atarse, y a envejecer sin pedir permiso.

En su voz hay una mezcla de hierro y ternura. Nombra a una mujer que ya no está, a un nieto que le arregló el freno, a una maestra que le prestó el primer mapa. “No me fugué de nada”, dice. “Me encontré en el camino, que es distinto y más honesto.”

La moto que lo acompaña

La compañera de viaje es una clásica de cilindrada modesta, con pintura que el sol volvió mate. Él la llama “la fiel”. No presume de chapa, presume de llegar, de aguantar, de volver con el mismo latido con que salió.

  • Freno delantero revisado cada semana, porque cuidar lo sencillo evita lo trágico.
  • Luces reforzadas con un pequeño invento, para ver y ser visto en niebla baja.
  • Asiento retapizado por manos amigas, que entienden que el confort también es seguridad.

“Una moto vieja te enseña a escuchar lo mínimo”, explica. “Si el ruido cambia, te habla; si vibra distinto, te avisa. Y si calla de golpe, te pide que pares y le preguntes.”

Encuentros en la ruta

En un bar de ruta, le ceban un mate y le preguntan por la edad. Él se ríe, nombra a los años como quien enumera estaciones de tren. Una chica le pide una foto y él, tímido, endereza la campera y posa con la dignidad de un capitán de barco.

A veces cruza ciclistas con los que comparte agua, a veces gauchos que lo saludan con un gesto que es mitad saludo y mitad bendición. En un puente angosto, un camionero levanta la mano y la ruta se hace menos sola. La cortesía, dice, también es una forma de combustible.

“Lo más lindo de salir es no saber quién te va a saludar”, cuenta. “Cada día trae su propia anécdota, su atraso amable, su sorpresa que no estaba en el plano.”

Tiempo, riesgo y cuidado

No se engaña con la palabra riesgo. La mira de frente, le hace un lugar en la silla, y pacta horarios y límites. Si el viento baja desde el norte con polvillo de campo, aprieta un poco el paso. Si la nube oscurece el valle, frena, se acomoda el cuello, y espera.

Viaja con casco bien abrochado, rodilleras livianas, y una campera que recuerda la década que la vio nacer. En la guantera, una lista de teléfonos, un silbato, y un llavero con la chapita que dice “volver es parte del plan”. Nunca conduce con apuro. “La prisa es una mala compañera; no escucha, no mira, no cuida.”

Sabe que el cuerpo conversa en susurros antes de gritar en dolor. Por eso se estira al bajar, bebe con calma, y agradece que las manos sigan finas para los cambios más cortos.

Una mirada hacia adelante

No le interesan los récords ni las marcas. Le conmueve, en cambio, ese instante en que el sol enciende el filo de una loma y el aire huele a tomillo recién despertado. “Cada curva me da un motivo nuevo”, murmura. Y el mundo, por un rato, deja de ser agenda y vuelve a ser paisaje.

Planea un desvío por un camino de ripio que le recomendaron en una gomería. Llevará más agua, algún dulce de membrillo, y la foto vieja donde él y la “fiel” están cubiertos de barro hasta los tobillos. “Lo importante es seguir saliendo con los ojos abiertos”, dice. “El resto lo dicta el camino.”

Cuando apaga el motor, el silencio no es un fin: es un puente. Acaricia el tanque, revisa la cadena con una luz de bolsillo, y se guarda en el bolsillo una piedrita que encontró en la cuneta. “Mañana vuelvo a salir”, promete, y la noche, cómplice, le regala un puñado de estrellas.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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