Se ajusta la mochila, toma el mate y sonríe. A sus 79 años, una mujer cuyana decidió enfrentar la ruta más mítica de Argentina sin más compañía que su propio coraje. “Si no lo hago ahora, ¿cuándo?”, repite, mientras el viento patagónico le despeina la canas y una nube de polvo vibra sobre el asfalto.
Su historia viaja a la misma velocidad que las rectas infinitas, y contagia una mezcla de asombro y ternura. Le dijeron que era una locura, que el ripio es traicionero, que el frío en el sur muerde y que la altura en el norte cansa. Ella alza los hombros y exhala: “La vida también es así; yo solo cambié de paisaje”.
Quién es y por qué partió
Se llama Marta, es de Mendoza y fue maestra de primaria toda su vida. Cuando enviudó, empezó a caminar cerros bajos y a perderle el miedo a los silencios más largos. Un día se miró al espejo y dijo: “Mis manos aún pueden, mi cabeza aún sueña”.
Salió en primavera con una valija liviana, un cuaderno para anotar kilómetros y la promesa de regresar sin apuro. “No necesito demostrar nada, solo sentir que sigo viva”, confiesa mientras guarda una piedra volcánica que recogió en Neuquén.
La ruta como maestra
La traza colosal de la 40 le enseñó la paciencia que no dan los relojes. Entre el ripio de Santa Cruz y las viñas de Cuyo, aprendió a leer el cielo como se lee el ánimo de un niño.
“Cuando aparece un cóndor, me detengo y lo sigo con la mirada”, dice. La altura le recordó que el cuerpo pide pausa, y el viento del sur que el abrigo no es capricho. “La ruta no es enemiga ni amiga: es un espejo que te devuelve lo que sos”.
La logística de una viajera mayor
Marta parte temprano, consulta el clima y comparte ubicación con su familia. Prefiere hostales sencillos, merenderos de pueblo y habitaciones con olor a pan recién horneado. “La hospitalidad de la gente es mi mapa”, asegura, mostrando un cuaderno con teléfonos subrayados.
En su mochila lleva lo justo, sin fetiches de aventura pero con sentido práctico. Sus imprescindibles son:
- Un botiquín básico, manta térmica y pastillas para la altura
- Termo, mate y snacks energéticos para tramos largos
- Linterna frontal y mapas offline por si no hay señal
- Bastón plegable y calzado con suela firme para tramos de ripio
- Cargador solar y batería externa para emergencias eléctricas
“Viajar sola no es imprudencia si planificás con cabeza”, dice con una tranquilidad que no busca aplausos, solo continuidad.
Encuentros y miedos
En el camino abundan las manos tibias: camioneros que saludan con bocina, artesanas que trenzan historias, chicos que preguntan de dónde viene esa abuela tan valiente. “Me dicen ‘doña, cuídese’, y yo contesto: ‘me cuido, pero no me detengo’”.
Los miedos, admite, viajan en silencio y a veces se sientan a su lado. Hay noches de crujidos raros, pobrezas que duelen y curvas que exigen respeto absoluto. “Cuando la duda me muerde, me preparo un mate y respiro como me enseñó el médico: lento y profundo”.
El norte y el sur, dos pulsos
En Jujuy sintió el latido antiguo de la tierra y el color que no cabe en una paleta. En Santa Cruz escuchó el silencio más pleno, como si el viento afinara una oración. “El Abra del Acay me humildó, y el Lago Argentino me agrandó”, escribe en su cuaderno con letra redonda.
La geografía se volvió maestra, y ella, otra vez, alumna. “No vine a conquistar nada; vine a que me enseñen”, repite mientras seca la caramañola y se calza el gorrito de lana.
Lo que cambia en casa
Sus hijos, al principio, se enojaron y se asustaron. “Pensaron que yo quería escapar de la soledad, y era al revés: quería encontrarme con mi tiempo”. Ahora la esperan en videollamadas de los domingos y le piden que cuente la anécdota del perro que la escoltó cinco kilómetros sin cansarse.
“Una vez me dijeron que estaba loca; hoy me preguntan por qué no me animé antes”, cuenta, con esa mezcla de picardía y orgullo que solo da la edad.
Un mensaje que trasciende
Marta no milita consignas, pero su paso afirma una idea sencilla: el deseo no tiene jubileo. “No quiero permiso, quiero compañía”, suelta, mirando el horizonte como quien mide una costura.
A quienes la leen y dudan, les deja una brújula mínima: empezar cerca, hablar con el miedo, y sumar kilómetros con ternura y buen criterio. “El mundo no está hecho solo para los muy jóvenes o los muy rápidos; también para los que caminamos parejo, a nuestro ritmo”.
Cuando termine, tal vez regrese a su casa con una bolsa de postales, los bordes de la piel un poco más dorados, y una serenidad que no entra en palabras. O quizás vuelva a salir, porque el viaje, como el latido, no pide título, solo continuidad y un par de buenos zapatos.