Tiene 78 años y navega entre ballenas en Península Valdés: «Me temblaban las manos»

4 julio, 2026

Tiene 78 años y navega entre ballenas en Península Valdés: «Me temblaban las manos»

A sus casi ocho décadas, un vecino de Trelew decidió darse un gusto que había aplazado toda la vida. Subió a una embarcación en Puerto Pirámides, miró el verde turquesa del Golfo Nuevo y, al primer soplido, entendió que ese día no iba a ser como los demás. Dijo que los dedos le vibraban sobre el pasamanos y que el pecho se le apretaba, no por miedo, sino por una emoción que ya no creía posible.

Un viaje tardío que cambió el **ritmo**

Lo acompañaba su hija, que insistió durante meses con la idea de ver de cerca a la ballena franca austral. Él decía que el mar es para los jóvenes, que el frío patagónico se mete en los huesos y que no valía la pena arriesgar nada. Pero la madrugada estaba calma, apenas una brisa del oeste peinaba la bahía, y el guía prometió una salida serena. “Si hay un día para animarse, es hoy”, le susurró ella en el muelle de madera.

El primer encuentro, a flor de **agua**

Cuando la lancha apagó el motor, el silencio se volvió un telón tenso que el mar rasgó con un soplido blanco. A pocos metros, una hembra con su cría emergió como si el océano tuviera puertas. “Ahí entendí que la distancia también es una forma de respeto”, contó luego él, aún con la voz quebrada. La piel gris moteada de callosidades parecía un mapa de islas, y el ojo, diminuto, los miraba con una curiosidad antigua y tranquila.

La península, un santuario que **late**

Península Valdés no es un lugar cualquiera: es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y uno de los escenarios más potentes para el avistaje de ballenas francas australes. Entre junio y diciembre, los gigantes llegan para aparearse, parir y amamantar en aguas calmas. Puerto Pirámides es el punto de partida, con lanchas habilitadas, cupos limitados y capitanes que conocen cada giro de la corriente, cada humor de los vientos. “No venimos a tocarlas, venimos a mirarlas”, repitió el guía, en un castellano que el mar parecía aplaudir.

Lo que hizo temblar las **rodillas**

El hombre cuenta que, de joven, trabajó en un taller mecánico y que la fuerza sale primero de los brazos. Pero en el golfo, la fuerza provenía de un sitio más hondo. La cría asomó la cabeza en un “spyhopping” perfecto, como si quisiera tomar asistencia de quienes la visitaban. “Se me desordenó el corazón”, dijo después entre risas, mientras mostraba en el celular un video corto y una imagen ligeramente fuera de foco.

Reglas simples, emociones **grandes**

Las salidas cumplen normas estrictas: velocidad baja, motor al mínimo cuando hay animales cerca, distancia prudente y cero intentos de acercamiento forzado. La tripulación fue clara y a la vez cálida: “Ellas deciden, nosotros acompañamos”. A él le gustó esa idea de ceder el control, de aceptar que hay encuentros que no se buscan, sino que se merecen con paciência y buenos modales.

Tres escenas que se le quedaron **pegadas**

  • El primer soplido, que sonó a campana bajo el cielo azul.
  • La cola levantándose como un abanico pesado, dejando un remolino oscuro.
  • El silencio final, cuando todos guardaron el teléfono y miraron con los ojos llenos.

La vejez como una **orilla**

En cubierta, un chico de ocho años se sentó a su lado y le preguntó si estaba asustado. Él le dijo que no, que estaba aprendiendo a estar tranquilo cuando el mundo se agiganta frente a la nariz. “El mar te encoge, pero también te agranda”, dijo en voz baja, como si le hablara a sus propias dudas. La infancia y la vejez compartieron un salvavidas naranja, y durante un rato no hubo edad que los separara.

La vuelta a puerto y un **latido** nuevo

Con el sol bajando sobre las lomas doradas, la lancha puso proa al muelle. En la cubierta quedó un olor a sal, a ropa húmeda y a risas que se iban apagando. Él se prometió regresar sin apuros ni listas, simplemente para sentir otra vez ese peso leve en el estómago que no era miedo, sino una felicidad que empuja desde adentro. “No vine a tachar un pendiente; vine a saber si aún me sorprendo”, dijo al bajar, con pasos lentos pero más seguros.

Consejos de quien mira con otros **ojos**

A quien quiera intentarlo, recomienda elegir días calmos, abrigarse en capas y escuchar a los guías. “No es una foto, es una conversación”, insiste, valorando el tiempo quieto entre soplidos y agua. También sugiere aceptar la posibilidad de ver menos, porque el mar no tiene horarios ni tarifas para la suerte. “Si te toca, te toca; si no, igual te toca de otra manera”, repite con humor seco.

Una promesa en voz **alta**

De regreso en el asfalto, confesó que hacía años que no se sentía tan liviano. Llamó por teléfono a un amigo de infancia y le dijo que junte un pulóver, que todavía hay días tibios frente a las costas de Chubut. Mientras hablaba, el viento le ensuciaba el pelo y la sonrisa le llegaba hasta los ojos. “No vine a buscar valor, vine a buscar asombro”, soltó, y el mar, a unos metros, pareció devolverle un en forma de espuma tranquila.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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