El viento peina la cordillera y deja al descubierto un paisaje de huesos minerales, nieve recién caída y silencio duro. En el extremo sur de Mendoza, un rincón árido y magnético vuelve a abrir sus puertas al visitante invernal, con ese dramatismo blanco que encoge el pecho. Todo luce prístino, áspero y a la vez hipnótico, como si la montaña guardara un secreto que solo revela cuando baja la temperatura.
Un paisaje crudo y magnético
Entre lomas pétreas y ríos termales que humean en el aire helado, el antiguo complejo de El Sosneado y las ruinas del hotel termal aparecen como una cicatriz noble en medio de la nada. El edificio, vencido por el tiempo, asoma sus arcos y paredes grises entre mantas de nieve, y cada ráfaga de viento hace crujir los recuerdos.
La cordillera aquí es vertical y sin adornos: paredes ocres, pliegues filosos y un cielo tan limpio que parece golpear la retina. “La sensación es primaria; uno escucha su propia respiración como si la montaña le respondiera”, comenta Sebastián, guía local que lleva dos décadas leyendo el humor del clima en la zona.
Qué significa la reapertura
Tras semanas de trabajos viales y chequeos de seguridad, el acceso volvió a habilitarse en horarios diurnos, sujeto siempre a las ventanas de buen tiempo. No es un parque urbano con reglas blandas; aquí manda la cordillera, y esa es parte del atractivo. Las autoridades locales pidieron prudencia y respeto por un entorno frágil, donde cualquier huella permanece más tiempo del que creemos.
Para los habitantes de la región, la vuelta de visitantes significa movimiento en cabañas, comedores de ruta y pequeños emprendimientos que viven del invierno. “Nos emociona ver a la gente volver, pero queremos que vengan preparados; el paisaje es hermoso y también serio”, dice Alicia, anfitriona de un refugio familiar que revive al calor de las estufas a leña.
La escena y sus escalas
El entorno se sostiene en tres planos: la pampa de altura donde los guanacos recortan su silueta contra la nieve; el cauce termal que exhala vapor como un animal antiguo; y la ruina, esa geometría interrumpida que detiene la mirada. Caminando unos minutos, el visitante encuentra terrazas minerales, veredones congelados y piedras volcánicas que cambian de tono según el ángulo del sol.
No hay filtros que superen lo que el frío dibuja en la piel. Un termo caliente, un par de guantes decentes y la humildad de ir despacio son parte de la experiencia. Si nieva, el mundo se apaga y solo queda el crujido del paso sobre ese vidrio opaco que llamamos hielo.
Cómo llegar y cuándo ir
El acceso parte desde la Ruta 40 hacia el corredor sureño y, más adelante, se interna por ripio de montaña. Según el estado del tiempo, se recomiendan vehículos altos, paciencia y un plan B claro. En invierno los días son cortos, las sombras mienten sobre la adherencia y un cielo perfecto puede mutar en tormenta en cuestión de horas.
Lo ideal es consultar partes oficiales, viajar con luz plena y evitar improvisar cuando el frío se pone serio. “La montaña siempre está, el problema es nuestra ansiedad; si el pronóstico no acompaña, mejor esperar”, repite Sebastián, que aprendió a leer en las nubes esos mensajes veloces que anuncian cambios.
Memoria, silencio y cuidado
Hay algo de memorial espontáneo en estas ruinas. No por una tragedia puntual, sino por la suma de intentos, de estaciones y oficios que quedaron escritos en piedra. El visitante moderno llega con cámaras y drones, pero aquí conviene mirar primero con los ojos, guardar silencio y dejar que el paisaje haga su trabajo.
El vapor de las termas sube en hilachas, el río canta grave y el eco devuelve preguntas. La nieve es una maestra severa: enseña límites, pide respeto y recompensa con una belleza sobria que dura en la memoria bastante más que una foto.
Consejos para una visita responsable
- Chequea el estado de rutas y clima antes de salir; la ventana de buen tiempo es tu mejor aliada.
- Lleva abrigo técnico, calzado impermeable y equipo de emergencia básico; el frío muerde en minutos.
- Respeta cercos, señalización y ruinas; son patrimonio frágil en un ambiente extremo.
- Si no conoces la zona, contrata guía habilitado; leer la montaña es una técnica, no una intuición.
- Regresa con tu basura; la huella más valiosa es la que no se nota.
Este invierno, la montaña mendocina vuelve a respirar por sus laderas más silenciosas. No promete comodidades, pero ofrece algo mejor: un cara a cara honesto con la naturaleza, esa conversación breve y intensa que solo ocurre cuando la nieve decide abrir la puerta. Y uno, con el abrigo bien cerrado, acepta el pacto.