Olvidate de Mendoza capital: este pueblo de montaña tiene las mismas bodegas sin el turismo

7 julio, 2026

Olvidate de Mendoza capital: este pueblo de montaña tiene las mismas bodegas sin el turismo

Respirá hondo y dejá la ciudad atrás. En el corazón del Valle de Uco, un pueblo al pie del Cordón del Plata late con un pulso propio: más calmo, más cercano, más de vino. Los mismos nombres que brillan en las cartas de la capital están a pocos kilómetros, pero sin filas, sin bocinas y sin ese ruido de temporada que diluye los detalles.

H2 Dónde queda y por qué ir
Tupungato es un pueblo mendocino en altura, rodeado de viñedos que trepan hacia Gualtallary y custodiado por paredes de granito y cielos limpios. La ruta serpentea entre álamos y acequias, y cada curva entrega una postal más ancha que la anterior. Aquí la vida es lenta, la siesta se respeta y el aroma a parrilla se mezcla con lavandas y tomillos.

“Acá el silencio se escucha”, me dijo un viñador, con las manos marcadas por la helada. Y en esa simple frase está la clave: menos turismo, más tiempo. Menos agenda, más encuentro. Siguen estando los grandes vinos, pero la conversación con quien los hace dura lo que tenga que durar.

H2 Las bodegas que te esperan
Desde el pueblo, en 10 a 40 minutos, se llega a bodegas que resuenan en cualquier barra del mundo. En Gualtallary, Domaine Bousquet y Finca Sophenia trabajan a alturas donde la uva cruje de frescura. Muy cerca, Andeluna abre sus puertas con cocina de fuego y panoramas de cordillera. Hacia el sur, la estampa de Salentein y sus galerías de arte te recuerda que el vino también es cultura.

En la zona de Tupungato, Atamisque guarda una elegancia serena, La Azul huele a asado de domingo, y los caminos de ripio conducen a viñas con suelos de piedra y caliche. Si te animás a estirar la marcha, Los Chacayes, Paraje Altamira o Vista Flores te reciben con etiquetas de autor y relatos de terroir que empiezan con piedras y terminan con acidez.

“Probé los mismos vinos que en la capital, pero el enólogo me sirvió de la barrica y charlamos una hora”, cuenta una viajera con una sonrisa roja. Esa es la diferencia: el tiempo se ensancha y las visitas se vuelven conversaciones.

H2 Ritmo serrano y mesa larga
La gastronomía en el pueblo no finge estrellas: abraza el producto. Trucha de aguas frías, quesos de cabra, verduras de huerta y pan con corteza de leña. En las posadas, los desayunos traen mermeladas de membrillo y miel de monte. Al atardecer, una copa de malbec y la silueta nevada te ponen en una sintonía que no entra en una foto.

El espíritu es de mesa larga: brasas, chorizos, morcillas y ese ritual de asado que pide conversación tranquila. Si buscás sofisticación, varias bodegas ofrecen menús de pasos que dialogan con sus líneas; si preferís lo hogareño, las casas de comida del centro cobran protagonismo con salsas de abuela.

H2 Cómo moverte y cuándo venir
Para moverte, lo más simple es alquilar auto: las distancias son cortas pero los caminos piden libertad de parada. También hay remises locales y bicicletas para rutas de tierra suaves. La vendimia (marzo-abril) pinta de efervescencia los viñedos, el otoño regala colores de oro, la primavera huele a flor y el verano trae cielos limpios con brisas de altura. En invierno, abrigo serio: el frío es seco, la luz es nítida y la montaña se vuelve nieve.

H2 Un fin de semana sin apuros

  • Sábado de Gualtallary: mañana en viñedos altos, almuerzo largo, siesta breve y merienda con vista a cumbres. Domingo hacia el sur: bodega con arte, picnic en viña, caminata por senderos de álamos y vuelta con una caja en el baúl.

H2 Consejos esenciales
Reservá visitas con antelación, pero pedí flexibilidad de horarios: aquí no mandan los minutos, manda el clima y la cosecha. Elegí alojamientos pequeños: posadas, cabañas, casonas con pocas habitaciones donde te llamen por tu nombre. Probá varietales más allá del malbec: chardonnay de altura, cabernet franc con nervio de tiza, criollas que vuelven con orgullo. Si manejás, delegá las degustaciones o apostá por medias porciones. Y cargá una capa extra: en la montaña el sol es intenso y el ocaso baja la temperatura.

“Cuando cae la tarde, el pueblo se apaga y las estrellas se prenden”, me dijo un puestero mirando hacia el oeste. Quizás por eso quienes llegan se quedan un día más. Porque hay una belleza que no se grita, se susurra: la de brindar con los mismos nombres de siempre, pero en un rincón donde aún se escucha el crujido de la viña y el paso lento de una nube. Aquí el lujo es la distancia justa entre la copa y la montaña. Y el recuerdo que te llevás es simple y profundo: el vino sabe distinto cuando el paisaje te mira a los ojos.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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