A los 90 años vio los glaciares del Sur y se emocionó como un chico: «Volví a tener seis años»

10 julio, 2026

A los 90 años vio los glaciares del Sur y se emocionó como un chico: «Volví a tener seis años»

La mañana fue clara y cortante. El aire olía a nieve.
Don Lucio apretó su bufanda y sonrió sin prisa.
Había esperado décadas para llegar al borde del hielo.

No contó los años, contó los pasos.
“Estoy bien, no me sobra nada, pero me basta”, murmuró.
Sus manos temblaron de frío, no de miedo.

El viaje que parecía imposible

Nació en un pueblo seco, lejos de cualquier glaciar.
De joven recortaba fotos del Sur y las pegaba en un cuaderno.
Luego llegaron la fábrica, los hijos, y una vida recta como riel.
El mapa quedó en un cajón, junto a un boleto sin fecha.

Una tarde, la doctora fue clara: camine y sea feliz.
“¿Dónde quiere ir, don?”, preguntó con ternura.
Él respondió con un destello: “A ver caer el hielo”.
Vendió la vieja motoneta y guardó la risa en el bolsillo.

El ómnibus fue lento, pero el paisaje fue rápido.
Mesetas de piedra, lagunas verdes como ojos calmos.
Cordones grises se abrieron como costuras hacia la nieve.
Al llegar, el viento fue un animal, y él, su amigo.

La primera mirada al hielo

Frente al frente azul, Lucio se quitó el gorro.
El glaciar crujió como tronco, profundo y antiguo.
Una grieta se abrió con un gemido, luego con un grito.
Cayó una torre de hielo y el lago se hizo tambor.

“Es un dios viejo, pero respira como niño”, dijo.
Un guía le señaló la morrena y la historia del retroceso.
Él no apartó los ojos, como quien mira la verdad.
“Que dure lo posible, que dure lo justo”, susurró.

El color no era celeste, era un azul con memoria.
Había vetas como ríos, burbujas como tiempo preso.
Cada chasquido sonó a pasado, cada brillo a mañana.
Y el viento le peinó el alma, pelo a pelo.

Un niño en un cuerpo veterano

Se sentó en un tronco y sacó un caramelo.
“Mi padre me daba uno cuando vencía un miedo”, recordó.
El papel crujió como hielo, la lengua fue dulce.
Y en los ojos bailó una chispa, mínima y teimosa.

“Yo creí que ya no podía, que ya no me tocaba”, dijo.
El guía le ofreció un mate, tibio y fraterno.
“Usted no es visita, usted es parte”, le respondió.
Lucio rió con el pecho, no con la boca.

Caminó despacio, paso corto, mirada larga.
Marcó su ritmo con un bastón de raíces torcidas.
“Si me esperan los años, también puede esperar el bus”, bromeó.
Una pareja joven le aplaudió en silencio, con respeto.

Lecciones desde el filo del tiempo

El glaciar enseñó tres cosas, sin levantar la voz:

  • Que lo enorme también es frágil, y por eso importa.
  • Que el ruido del mundo exige silencio propio.
  • Que moverse es un verbo, incluso cuando duelen las rodillas.

“Hay que venir mientras se puede”, apuntó Lucio.
“Y si no se puede, hay que soñar igual”.
El guía habló de calor y emisiones sin moralina.
Lucio asintió con pena, pero sin perder la firmeza.

“Lo que no se cuida, se pierde”, dijo.
“Y lo que se ama, se visita”.
Prometió volver con una nieta, aunque fuera con fotos.
Prometió hablar menos de dolores y más de planes.

Lo que queda al volver

De regreso al pueblo, Lucio cambió el paso.
El pasillo dejó de ser túnel, y la casa fue nido.
Colgó una foto azul en la cocina, a la altura de los ojos.
“Para recordar que soy camino, no mueble”, escribió detrás.

La vecina preguntó por los costos, por el cansancio.
Él respondió con una mueca contenta y un dato:
“Cansa más la excusa que la cuesta”.
Y se sirvió un té con limón, despacio y firme.

No le gustaron las grandes palabras, le bastaron las pocas.
“Fui al extremo del frío, y me encendí por dentro”.
“Escuché caer un muro, y se cayó otro mío”.
“Miré mi reloj y cambió de hora, pero no de brújula”.

Un sábado organizó una charla, sin micrófono ni atril.
Vinieron niños con gorros, abuelas con cuentos.
Mostró su bastón de raíces, y el mapa con huellas.
“Sean curiosos como piedras, que sienten cada paso”, dijo.

Al final, guardó la foto y apagó la luz.
El cuarto quedó en sombra, pero el pecho en claro.
No quiso cerrar con moral, ni abrir con gloria.
Quiso dormirse con un crujido, igual al del hielo.

Porque el tiempo puede ser largo, pero también es liviano.
Si lo llevas al hombro correcto, camina contigo.
Él, con noventa años, encontró su paso.
Y en ese paso, un país de hielo le hizo un lugar.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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