A los 90 años sigue subiendo a los cerros del Norte cada año: «Mientras el cuerpo aguante voy a seguir»

19 julio, 2026

A los 90 años sigue subiendo a los cerros del Norte cada año: «Mientras el cuerpo aguante voy a seguir»

Amanecer frío, viento seco y una silueta mínima que corta el horizonte. Don Aurelio, noventa años cumplidos, ajusta su sombrero de paja y tantea el bastón como quien toca un tambor antiguo. Nadie le apura, nadie le detiene, y sin embargo la montaña parece esperarlo.

No hay fanfarria, solo pasos cortos y una respiración medida. En la mochila lleva lo justo: agua, hojas de coca, una piedra que heredó de su madre, y un cuaderno de tapas azules. «Las que escribo son alturas que no se olvidan», dice con media sonrisa.

H2 El rito de cada invierno
Las jornadas empiezan de noche, cuando el cielo está sembrado de sal que son estrellas. En la cocina, el mate susurra y el pan tibio abre el apetito de camino largo. Ruedan las manos, calientan las rodillas, y una oración corta sube como humo.

Antes del primer rayito, revisa su calzado con paciencia de relojero viejo. «La suela cuenta la historia, si se gasta de un lado hay que corregir el paso», comenta mientras aprieta el cordón. La precisión no es manía, es el secreto de un ritmo que dura décadas sin quebrarse.

H2 Memoria y territorio
Para Don Aurelio, los cerros son bibliotecas sin techo y con viento. Cada quebrada tiene un nombre, cada cactus una herida, cada apacheta un puñado de recuerdos. «Subo para mirar como miraban mis abuelos, con respeto y con orejas», explica.

Se detiene junto a un petroglifo y toca la piedra con cuidado. Ahí están los llamas, los cazadores, la ruta de los trueques que unía valle y puna. No dice “mi tierra”, prefiere “nuestro piso”, porque el desierto no se posee, se acompaña.

En las cumbres bajas, deja pequeñas ofrendas: una ruda, tres granos de maíz, un sorbo de agua al suelo. Son gestos mínimos, pero sostienen una memoria que no cabe en los libros. Cada subida es un pacto, cada bajada una gratitud.

H2 El cuerpo que escucha
Los noventa pesan, pero el cuerpo aprende a escuchar. «El primer cansancio es de la cabeza, el segundo es de la rodilla», dice y se ríe como quien sabe. Ajusta la cadencia, se sienta cuando el corazón lo pide, y vuelve a ponerse de pie sin apuro.

No presume de hazañas, presume de constancia. Tres días de caminata suave, uno de completo descanso, y estiramientos que parecen oraciones. «El músculo se cansa, pero la voluntad se educa», repite mirando un horizonte que no termina.

El médico del pueblo le recomendó pausas y buena hidratación. Él respondió con una libreta donde anota pulsos, horas y alturas. No es testarudo, es metódico, y ese método es su pacto con la edad.

H2 Compañía en el sendero
A veces lo acompañan jóvenes del liceo, botas nuevas y curiosidad vieja. Don Aurelio enseña sin sermón, cuenta cómo leer el cielo y medir el viento con una mano abierta que es brújula. «El cerro no se vence, se conversa», les recuerda con voz clara.

El grupo aprende a usar el silencio para oír los pájaros que no se ven. Prueban el agua de los ojos, distinguen senderos por color de polvo y sombra de piedra. La montaña se vuelve maestra, y el maestro un puente.

  • Preparar el equipo con tiempo y revisar cada detalle.
  • Respetar el clima y a la gente del lugar.
  • Comer ligero y beber agua a cada tramo.
  • Caminar en zigzag para aliviar la pendiente.
  • Dejar todo como estaba, sin huella ni prisa.

H2 Los motivos que no se agotan
Le preguntan por el porqué, y él responde con tres dedos: salud, memoria y alegría. La salud, porque el movimiento organiza la sangre. La memoria, porque sin recuerdo el paisaje se vuelve mudo. La alegría, porque subir es como volver a nacer cada invierno.

Hay días de calma, y otros de ventarrón bravo que tumba los sombreros. «Si el aire se pone malo, doy vuelta y lo intento mañana», confiesa sin falsa epopeya. Prudencia y perseverancia, dos palabras que le salen naturales.

H2 Una promesa abierta
No jura fechas ni hace planes de turista con cronómetro. «Mientras me nazca, voy a estar subiendo», dice con un brillo que parece niño. No quiere récords, quiere seguir llevando una piedrita a la apacheta del año.

Al despedirse del cerro, baja lento, guarda su sombrero y acaricia el bastón de chañar. En la plaza, alguien lo saluda, otro le pide un relato, y él reparte historias como quien reparte pan. La vida sigue abajo, pero el cerro, arriba, lo sigue llamando.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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