A los 88 años vio las Cataratas por primera vez y aplaudió como un nene: «No paraba de reírme»

21 julio, 2026

A los 88 años vio las Cataratas por primera vez y aplaudió como un nene: «No paraba de reírme»

Tenía 88 y una curiosidad intacta. Viajó dos días en colectivo con una valijita gastada, una gorra azul y la sonrisa de quien se permite todavía la primera vez. Cuando el agua se alzó en neblina y el rugido le llegó al pecho, aplaudió sin pensarlo, como cuando de chico le enseñaron a celebrar lo inexplicable.

“Me salió solo, como un reflejo”, contó después, con la voz todavía humedecida por el vapor. “No podía parar de reírme, sentía que me estaba pasando algo de esos que se guardan para siempre”.

Un deseo postergado

De joven había querido conocer ese borde del mapa, pero la vida fue una seguidilla de turnos, changas y cuotas. “Siempre había algo: el trabajo, la plata justa, o el miedo a perder el tren del día”, dijo, acariciando el boleto como quien pasa los dedos por un recuerdo.

A los 88 ya no había excusas, apenas una cadera terca y un par de vecinos cómplices. Le armaron la valija entre mate y risa, y la familia le imprimió una foto de sus años de albañil que él dobló y guardó en el bolsillo.

El viaje que estira el tiempo

La ruta fue una cinta lenta, con tramos de siesta y estaciones donde vendían chipá y naranjas. Él miraba por la ventanilla el verde profundo del Noreste y decía que los árboles parecían estirar los brazos.

“Dormí poco, me podían las ganas”, confesó, señalando el cielo del amanecer. “Iba repasando nombres: río, salto, garganta, puente; como quien aprende una canción”.

El umbral del agua

Apenas pisó el parque, se detuvo a escuchar esa vibración que no es viento ni trueno. Caminó despacio las pasarelas, apoyando la mano en el barandal, y cada paso fue un latido.

Cuando el abismo de agua se abrió en abanico, el cuerpo le decidió las manos. Aplaudió fuerte, torpe y feliz, como si el mundo necesitara un en voz alta.

“Me temblaban los párpados”, dijo entre carcajadas muchachas. “Pensé: mirá vos, el agua vive cayendo y nunca se cansa”.

Lo que sintió, contado simple

  • Un olor a tierra mojada que parecía una carta recién abierta.
  • Un arcoíris metido entre brumas, como un cordón de colores bien atado.
  • Un rugido que peinaba los miedos y les decía: pasen, que acá no mandan.

Pequeñas escenas que ordenan la memoria

Una mariposa naranja se posó en su camisa, y él no se movió, por si tenía algo para decir. Un nene de tres años lo miró asombrado, porque los aplausos del viejo le sonaban a fiesta de cumple.

Un guía le explicó la fuerza de los metros cúbicos, pero él respondió con una sonrisa: “No hace falta medir lo que te llena”. La ciencia en el oído y la poesía en las manos, todo al mismo tiempo y sin apuro.

La risa que desarma los años

Reía con la boca grande, pero sobre todo con los ojos. La risa le aflojaba las bisagras, le sacaba óxido al reloj, le devolvía esa manera de decir acá.

“Me vi de pantalón corto, al lado de mi vieja, tirando piedritas al arroyo del pueblo”, dijo, y la nostalgia le hizo un nudo dulce. “Aplaudí por ese chico y por el hombre que tardó, pero llegó sin pedir permiso”.

El después que también importa

A la salida, pidió una empanada y se quedó mirando el río más manso. Anotó en un papelito tres palabras: agua, risa, gracias.

“Voy a colgar el boleto en la cocina, al lado del almanaque de los santos”, comentó, con humor de sobremesa. “Para acordarme, cuando me duela, de que una vez el mundo me aplaudió de vuelta”.

Pequeñas lecciones de un gran día

No hay edad para el estreno, apenas ganas de doblar la esquina y mirar de nuevo lo conocido. A veces hace falta un par de manos amigas y un plan escrito en un papel barato.

“Si te pasa por la cabeza, que te pase por los pies”, se despidió, levantando la visera con gesto pícaro. “Lleven abrigo, agua y un pedacito de fe; el resto lo pone la cascada”.

Porque hay viajes que no corren por la ruta, sino por adentro, como un río que encuentra su cauce. Y hay días en que un aplauso torpe alcanza para medir la altura de una alegría que, por fin, hace pie en la orilla.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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