A los 85 años subió caminando a un mirador de Bariloche sin ayuda: «Me dijeron que no iba a poder»

20 julio, 2026

A los 85 años subió caminando a un mirador de Bariloche sin ayuda: «Me dijeron que no iba a poder»

El amanecer patagónico soplaba frío, y el sendero comenzaba a empinarse temprano. Con pasos cortos y respiración serena, una mujer de 85 años empezó a trazar su propio ritmo hacia un mirador de Bariloche. Nadie llevaba su mochila, nadie tomaba su brazo; sólo su decisión y el rumor de los coihues la acompañaban.

“Me dijeron que no iba a poder”, contó después con una sonrisa cómplice, como quien guarda una travesura. En cada piedra eligió la calma, en cada descanso debatió con el cansancio, y así fue domando la pendiente hasta que el lago se abrió como un espejo azul.

La travesía paso a paso

El bosque olía a humedad, y las hojas crujían bajo sus zapatillas. Ella iba contando hasta diez, no por superstición sino para marcar una cadencia que no la dejara sin aliento. “Subir no es correr, es escuchar el cuerpo”, dijo, con esa filosofía simple que nace de la experiencia.

Cada curva revelaba un trozo de cielo, y la promesa de una vista más amplia la empujaba un metro más. A veces cerraba los ojos dos segundos para sentir el pulso, y volvía a abrirlos con una determinación nítida. El bastón que le ofrecieron al comienzo quedó a un lado: prefirió confiar en su equilibrio, en la fuerza tranquila de las piernas.

La mirada de quienes la vieron

Un grupo de jóvenes la cruzó en el primer claro, y uno murmuró un asombrado “qué genia”. Ella devolvió un “gracias, chicos”, con un gesto tierno que pareció despejar la niebla de la incredulidad. Otro caminante le preguntó si necesitaba agua, y ella respondió con humor: “Lo único que necesito es tiempo”.

Un guía que bajaba con turistas frenó para aplaudir en silencio, como si cualquier escándalo rompiera el contrato del momento. “En la montaña mandan el paso y el respeto”, explicó luego, convencido de que la escena había enseñado más que cualquier charla técnica. Verla avanzar convirtió al sendero en una conversación colectiva, en una lección viva sobre el ritmo personal.

Un cuerpo viejo, una voluntad nueva

Los años traen cicatrices, pero también traen una brújula más fina. Ella conocía su zancada corta, sus luces y sus sombras, y negoció con ellas sin soberbia ni apuro. “El miedo existe, pero no toma el comando”, dijo al llegar a una roca desde donde se veía el primer brazo del lago.

No hubo exhibición ni selfies de manual, sólo una respiración que se fue acomodando a la altura. La ciencia diría que el cuerpo economiza oxígeno, y que la mente doma la ansiedad; ella, en cambio, lo resumió mejor: “Caminé con paciencia, y la paciencia me cargó a upa”.

Lo que aprendió en el camino

En la cumbre, el viento sonó como una campana, y el paisaje la abrazó con un brillo frío. Le pidieron un consejo, y respondió con una lista breve que anotaron como si fuera un talismán práctico:

  • Paso corto y mirada atenta.
  • Hidratación constante y paradas breves.
  • Escuchar el cuerpo antes que el ego.
  • Aceptar la ayuda del paisaje: mirar y respirar.

“Si hace falta, se vuelve; si se puede, se sigue”, agregó, con ese tono sabio que no grita verdades sino que las sopla.

Bariloche como escenario de resistencia

La montaña no pregunta la edad, pregunta la intención. En Bariloche, los miradores mezclan turismo y intimidad, porque cada vista también es una conversación con uno mismo. Esa mañana, los cerros estuvieron menos lejanos, como si se hubieran acercado para escuchar una historia que ya pertenece a la ciudad.

Los lagos parecían más anchos, quizá porque alguien había ensanchado el coraje de todos. El rumor llegó a las redes con fotos discretas y palabras cortas, lo justo para no traicionar la delicadeza del momento. La celebración fue austera, como corresponde a las victorias que no necesitan trompetas ni medallas.

Un mensaje que queda

Antes de emprender el regreso, miró una vez más el mosaico de islas y montañas y dejó una frase flotando en el aire frío. “No es cuestión de poder mucho, es cuestión de querer bien”, dijo, sin grandilocuencia y con una ternura que desarma excusas. El eco pareció aprenderla, repitiendo la música de esas sílabas sobre el agua.

Abajo, en el inicio del sendero, alguien pensó: si ella pudo, quizá yo también, pero a mi ritmo y sin pelearme con la pendiente. Esa es la magia de los gestos quietos que, sin ruido, mueven montañas enteras. Y así, en una ciudad acostumbrada a las postales, una caminata se volvió noticia, y la noticia, una brújula humilde para días con poca claridad.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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