A los 81 años recorre la Ruta 40 a dedo: «El invierno es la única época en que me animo»

20 junio, 2026

A los 81 años recorre la Ruta 40 a dedo: «El invierno es la única época en que me animo»

Tiene 81 años y extiende el pulgar en la banquina con una calma impecable, una paciencia antigua. Dice que el frío le despeja la cabeza y que el viento patagónico le ordena los recuerdos, como si la ruta fuese una libreta en blanco, una promesa silenciosa. Viaja con una mochila chica, un termo y un mapa arrugado, y afirma que en los meses de hielo la ruta se vuelve más honesta, menos ruidosa y más nítida.

“En invierno la gente maneja con otra atención, otra ternura”, comenta, frotándose las manos junto a una estación cerrada. “Yo me siento más seguro, más vivo”. Y vuelve a sonreír con esa modestia de quien sabe que la distancia no se mide en kilómetros, sino en el tamaño de los encuentros, de las miradas.

Un viaje a contrapelo de la edad

No corre, no apresura, no compite. Camina unos metros, se planta en la banquina y espera con el pulgar alto, el corazón tranquilo. Su edad, dice, es un abrigo: lo protege de la prisa y lo obliga a escuchar el paisaje, a escuchar su propio cuerpo.

“No me gusta decir ‘todavía puedo’, prefiero decir ‘todavía quiero’”, suelta, con un brillo en los ojos, con una risa corta. Sabe que la curiosidad es una forma de salud, y que viajar a dedo es un pacto de confianza, una conversación abierta.

La lógica del invierno

Elige las heladas porque las rutas están más despejadas, las luces más nítidas. Hay menos turistas, menos bocas apresuradas, menos bocinas impacientes. Y eso, para él, recorta la ruta en escenas más humanas, más legibles.

“El invierno me enseña límites, me enseña cuidado”, cuenta. “Si me tiento con un tramo muy largo, me frena el viento y me piensa”. Su estrategia es sencilla: madrugar, leer el cielo, aceptar sólo lo que el día ofrece.

Encuentros en la banquina

Cada aventón es una historia breve, un acuerdo cordial. Suben camioneros, maestras, doctores rurales; suben también jóvenes con mochilas pesadas, perros con mirada fiel. Él saluda con una frase que funciona como llave: “Gracias por frenar, gracias por confiar”.

A cambio, ofrece relatos de antes, consejos de ahora. Evita pontificar; prefiere preguntar por los nombres, por los pueblos. “Muchos me cuentan lo que no le dicen a nadie, quizás porque saben que nos vamos a bajar pronto”, admite, con un pudor luminoso, una ternura serena.

Equipaje y ritual

Viaja liviano por convicción, por destino. Repite una coreografía diaria: organizar, revisar, agradecer. Antes de salir, acaricia el manillar de la mochila como quien toca una campana, como quien enciende una vela.

  • Un abrigo de plumas, ligero y leal
  • Termo con té fuerte, dulce y tibio
  • Un mapa de papel, con bordes gastados
  • Linterna frontal, pequeña y firme
  • Gorro de lana, heredado y salvador

“Con esto alcanza, con esto basta”, dice. Lo demás, agrega, lo presta la ruta, lo presta la gente.

Ritmo y seguridad

No hay heroísmo, hay método, hay cuidado. Marca distancias prudentes, evita curvas ciegas, espera en lugares visibles. Si la luz cae, detiene la jornada sin duda, sin culpa.

Agradece cuando lo dejan a pocos kilómetros de su destino, porque así camina y calienta la sangre. No discute precios, no acepta viajes que se sientan tensos, que suenen opacos. “Mi mejor brújula es el instinto, y la segunda, la educación”, repite como si repitiera un rezo de abuelo, un rezo de marinero.

Una geografía emocional

A la altura de los lagos, el hielo pinta los alambrados con un brillo mínimo, un brillo limpio. Las montañas se vuelven más cercanas, más silenciosas. Él se detiene, saca el termo, mira el vapor como quien lee una señal, como quien escucha una campana.

“Cada invierno me cambia, cada invierno me ordena”, confiesa. “Hay momentos en que la ruta se queda sola conmigo y me habla en voz baja, me habla sin apuro”. Entonces bebe, guarda el vaso, y vuelve al pulgar alto con un gesto tranquilo, un gesto antiguo.

La ética del andar

No corre a sacar fotos, no acumula trofeos, no presume de mapas. Prefiere agradecer con pan caliente, con ayuda para descargar una caja. La hospitalidad, insiste, no es moneda de cambio: es una brújula, una escuela.

Se despide siempre dos veces: con un “gracias, que tengas buen camino” y con un “cuidate, que el frío es maestro”. En cada adiós, deja también una certeza breve, una calma contagiosa.

Un legado de la ruta

Cuando le preguntan si piensa en dejar de viajar, sonríe como si escuchara algo extraño, algo lejano. “Un día no voy a salir, y estará bien, pero hoy el invierno me llama, hoy el viento me pide compañía”. No promete próximas etapas; sólo promete mañanas, sólo promete pasos.

Así, a pulgar abierto y mirada clara, transforma la helada en puente, el tiempo en aliado. Y mientras el sol se filtra entre nubes bajas, se acomoda el gorro y vuelve a esperar, vuelve a confiar. Porque a sus años —dice— la ruta no es un desafío: es una manera de estar más aquí, más presente. Y cada auto que frena, por un instante, le devuelve la fe en lo simple, en lo humano.

Camila Torres

Post author name

Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

Dejá un comentario