A los 73 años Susana aprendió a usar la computadora para hablar con sus nietos en España: «Me decían abuela no vas a poder y mirá»

15 octubre, 2026

A los 73 años Susana aprendió a usar la computadora para hablar con sus nietos en España: «Me decían abuela no vas a poder y mirá»

Son las 18.25 en Caballito, tercer piso por escalera, y Susana, 73 años, apoya el dedo en el botón plateado de su notebook. La mesa de fórmica blanca tiene un mantel plástico, el cargador conectado y un cuaderno de 32 hojas abierto. Se pone los anteojos, acomoda la lámpara y busca el ícono de WhatsApp Web con el pad táctil. Madrid queda a 10.064 kilómetros. Del otro lado, dos nietos la esperan con dibujos. Respira hondo, hace clic en la cámara y sonríe.

El ruido del ventilador del equipo suena parejo. La red Wi‑Fi del living marca 3 rayas estables. Susana repasa, sin apuro, los 5 pasos que escribió hace 8 semanas: encender, abrir navegador, entrar a WhatsApp Web, ajustar volumen, iniciar videollamada. Al llegar al último paso, cita esa frase que le repetían y la acompañó como desafío: «Me decían abuela no vas a poder y mirá». No es enojo. Es método, práctica y una decisión tomada a tiempo.

Cómo empezó: distancia, costos y una decisión práctica

La distancia fue el primer dato frío: Buenos Aires–Madrid son 10.064 kilómetros. Un vuelo directo ronda 12 horas y 20 minutos, más 2 horas previas de aeropuerto y 1 hora de traslados urbanos. En números familiares, eso significa 15 horas seguidas fuera de casa. Un pasaje ida y vuelta, en temporada media, le costaba entre 1.200 y 1.700 dólares. Con jubilación ajustada, remedios mensuales y expensas, ese gasto cada 12 o 18 meses era difícil de repetir.

La diferencia horaria también pesó. Entre España y Argentina hay 4 o 5 horas, según la estación. En enero europeo la brecha suele ser 4; en julio llega a 5. Coordinar llamadas telefónicas fallaba: cuando acá eran 20.00, allá ya pasaban las 00.00. El teléfono no mostraba dibujos, ni sonrisas, ni cuadernos de tareas. La computadora apareció como puente razonable: una inversión única, algunas clases cortas y un hábito semanal sin boletos ni valijas.

El médico sumó un argumento concreto. Susana controla la presión cada 6 meses y evita viajes largos desde 2022. Sentarse 12 horas sin moverse no le convenía. Un médico clínico sugirió fraccionar traslados, pero eso encarecía cada tramo en 200 o 300 dólares. El cálculo final fue simple: la videollamada de 25 minutos dos veces por semana permitía ver crecer a los nietos sin agotar el cuerpo, ni el bolsillo, ni la agenda de turnos médicos.

En paralelo, la hija en Madrid le contó que el colegio usa plataformas simples. No pedían nada extraño: abrir enlaces, cliquear en un botón azul y mirar a cámara. La barrera no era tecnológica, era de hábitos. “Hago pan casero hace 40 años, esto será otra receta”, pensó. Decidió poner una meta concreta: aprender lo necesario para hacer videollamadas fluidas en 8 semanas. Sin cursos eternos, sin tecnicismos. Solo lo justo para hablar, ver y compartir fotos.

Aprender desde cero a los 73: pasos, ritmos y apoyos

El primer paso fue conseguir equipo. Compró una notebook usada de 14 pulgadas, año 2019, con 8 GB de RAM y disco SSD de 256 GB. Pagó en 6 cuotas y pidió probar la cámara integrada: 720p, suficiente para una sonrisa nítida. Sumó auriculares con micrófono de 3,5 mm por 8 dólares para evitar acoples. La ubicó sobre una base de 10 cm para alinear la vista y no forzar el cuello. Luz lateral, enchufe a mano y silla estable.

Después buscó un curso cercano. En el centro de jubilados de su barrio ofrecían un taller municipal de alfabetización digital: 8 clases, 90 minutos cada una, 2 veces por semana. El temario era concreto: encendido, teclado, pad táctil, crear correo, contraseña de 12 caracteres, navegación segura, WhatsApp Web, Google Meet y Zoom. Llevó un cuaderno rayado y armó un índice con 6 temas. Al final de cada clase, practicó 20 minutos extra para fijar memoria muscular.

Su método fue paciente. Aprendió atajos sencillos: Enter para enviar, Ctrl+Plus para agrandar letra, tecla Windows para buscar. Pegó 3 notas adhesivas sobre la mesa: “volumen”, “cámara”, “micrófono”. Practicó escribir con tildes durante 15 minutos diarios, 5 días por semana. No memorizó teoría. Repitió secuencias. Cuando confundía el clic derecho, volvía a empezar. Guardó contraseñas en un sobre dentro de un cajón, con 2 copias y fecha. Nada sofisticado, pero ordenado.

El entorno familiar también ayudó. La nieta de 9 años preparó un video de 1 minuto mostrando cómo aceptar una videollamada. El yerno armó un grupo de WhatsApp con 4 integrantes para probar cámaras y audios. En 3 tardes resolvieron eco, brillo y posición de la cámara. Y una vecina del 2° piso acompañó las primeras compras: una extensión de 1,5 metros y una zapatilla con interruptor. Con pequeñas piezas, el rompecabezas empezó a cerrar.

Al final de la cuarta semana, Susana se animó a lo que más miedo le daba: mandar un archivo. Escaneó con el celular una lámina con un cuento ilustrado, la envió por WhatsApp Web y verificó en 2 dispositivos que llegara completo. Tardó 12 minutos entre abrir la cámara, guardar, conectar el cable USB y arrastrar. Lo anotó paso por paso. A la séptima clase ya hacía la secuencia en menos de 4 minutos, sin preguntar y sin borrar nada por error.

“Si me explican despacio, yo sigo. No necesito apurarme. Necesito repetir hasta que me salga natural.”

La primera videollamada: horarios, herramientas y organización familiar

La prueba de fuego llegó en junio de 2025. Eligieron un horario intermedio: 15.00 en Buenos Aires, 20.00 en Madrid. Duración planeada: 25 minutos. Plataforma: WhatsApp Web, con Zoom como plan B. Conexión: plan de 50 Mbps, notebook por Wi‑Fi a 2,4 GHz, celular en modo silencio. La hija envió una videollamada de prueba 10 minutos antes. Entraron, verificaron que el micrófono levantara sonido y arrancaron. En el minuto 3 ya estaban mostrando dibujos y cuadernos.

Hubo detalles a pulir. Al minuto 8 el ruido del ventilador tapó una palabra. Solución: bajar el volumen del parlante a 60% y acercar el micrófono a 10 centímetros. A los 15 minutos apareció una notificación molesta. Aprendió a activar “No molestar” durante la llamada. En el cierre, probó compartir pantalla: abrió una carpeta con 12 fotos y avanzó de a una. Todo duró 28 minutos. Al cortar, revisó batería (80%), anotó 3 ajustes y guardó el cuaderno.

Desde entonces, establecieron una rutina. Martes y domingos, siempre a la misma hora, con una tolerancia de 10 minutos. Si hay partido o actividad escolar, mueven al sábado, 19.30 Madrid, 14.30 Buenos Aires. La constancia evita confusiones: 2 recordatorios fijos en el calendario y un mensaje el día anterior. En promedio hablan 40 minutos por semana. En 12 meses eso suma 2.080 minutos, casi 35 horas mirándose a los ojos, con anécdotas y tareas.

Lo más valioso fue la coordinación familiar. Aprendieron a turnarse la palabra con un “mano arriba” casero. Si uno habla, los otros silencian. Si el Wi‑Fi se cae, cambian a datos móviles por 15 minutos. Si la imagen se congela, cortan video y siguen con audio 2 minutos. También fijaron un protocolo simple: nunca compartir números sensibles por chat, siempre chequear enlaces con la hija, y actualizar la computadora cada 30 días.

  • Definir un objetivo concreto: en 8 semanas, dominar 3 acciones clave (videollamar, enviar fotos, ajustar audio).
  • Usar equipos probados: cámara de 720p, micrófono cercano, luz lateral suave, base de 10 cm para la pantalla.
  • Practicar secuencias cortas: 15 minutos diarios, 5 días por semana, con 3 notas adhesivas recordatorias a la vista.
  • Elegir horarios fijos: 2 videollamadas semanales, 25 minutos cada una, con 10 minutos de prueba inicial.
  • Plan B claro: si falla WhatsApp Web, cambiar a Zoom o Google Meet y seguir el guion anotado.

¿Cuánto vale para Susana una videollamada de 25 minutos frente a un viaje de 10.064 kilómetros?

Para Susana, el valor es medible. Antes soñaba con viajar cada 24 meses. Entre pasajes, traslados y seguros, la cuenta superaba 1.400 dólares por vez. Ahora sostiene 2 llamadas semanales sin costos extras, más la tarifa mensual del servicio de internet que ya usaba para ver noticias. El tiempo también pesa: 35 horas de conversación al año frente a 30 horas totales de un viaje redondo. Más horas mirando a cámara y menos horas en aeropuertos.

La salud gana margen. Mantiene la presión controlada, evita sentarse 12 horas seguidas y programa pausas visuales de 15 minutos cada 45. Ajustó la altura de la silla, usa reposapiés de 10 cm y apoya las muñecas para escribir. Anotó 6 ejercicios breves de cuello recomendados en un taller de kinesiología. En casa, con temperatura estable de 22 grados y sin escaleras extra, llega a cada llamada más descansada y atenta.

También midió aprendizajes colaterales. Guardó 4 plantillas impresas con pasos de emergencia, filmó 3 videos de 30 segundos sobre “cómo atender” y armó una carpeta con 24 fotos favoritas para mostrar sin buscar. En 2025, logró encadenar 52 semanas con, al menos, 1 videollamada. Solo fallaron 2 domingos por cortes de luz de 40 minutos. Cuando volvió la energía, retomaron en 5 minutos. La técnica dejó de ser amenaza y pasó a ser rutina posible.

“No busqué hacerme joven. Busqué entender lo que necesito. Con eso, ya estoy del otro lado.”

Punto clave Detalle Qué aporta al lector
Distancia y tiempos 10.064 km, 12 h 20 de vuelo directo, 4–5 horas de diferencia Dimensiona la brecha real y el impacto en la agenda familiar
Plan de aprendizaje 8 clases de 90 minutos, 2 por semana, meta en 8 semanas Muestra que con objetivos acotados se avanza de forma sostenida
Equipamiento mínimo Notebook 2019, cámara 720p, auriculares 3,5 mm, base de 10 cm Ofrece una lista concreta para empezar sin gastos excesivos
Rutina de llamadas 2 por semana, 25–28 minutos, protocolo de fallas y seguridad Brinda un método replicable para sostener el vínculo a distancia
Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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