A los ochenta y uno, Emilio ajustó la correa del casco, miró el horizonte y encendió su moto. No buscaba una marca de tiempo, sino una conversación con el país. Juntó ahorros, pidió permiso a la rodilla izquierda y salió un lunes sin promesas. “No sé cuánto tardaré, pero voy a disfrutar cada curva”, dijo antes de abrazar a su nieta en la vereda.
Un mapa y una vida
Durante décadas, su mundo fue el taller y las manos engrasadas. Cambió bujías, enderezó chasis, aprendió a escuchar motores como quien descifra un corazón. “Para algunos es un ruido, para mí es música”, repetía mientras cerraba la persiana con el último sol.
El mapa de la Ruta 40 colgó años en la pared, como una promesa en pausa. Cada línea era un deseo doblado, cada punto una pregunta. “La edad pesa si la dejas”, decía, afilando sin apuro la idea de un viaje inevitable y largo.
La preparación del viaje
No hubo hazañas técnicas ni patrocinios brillantes. Solo una moto revisada con paciencia, un par de alforjas de lona y una lista escrita a mano con letra firme. Llevó un cuaderno, una brújula vieja, un frasco de mate y la foto de su esposa, fallecida hace seis inviernos.
Eligió empezar en La Quiaca, tocar el cielo frío y bajar a pulso. Practicó estiramientos como quien prepara una marcha de banda: ritmo, aire, constancia. “No vine a batir récords, vine a escuchar el viento”, le dijo al dueño del hostal antes de la primera madrugada salteña.
La Ruta 40, tramo a tramo
La altura le enseñó a respirar más lento y a contar las piedras como si fueran estrellas. En el ripio, la moto pidió suavidad y el cuerpo, agua. Cada curva fue una carta abierta al paisaje, sin prisa ni calendario.
- Abra del Acay: el silencio más puro, con cóndores que parecían relojes sin agujas.
- Valles calchaquíes: uvas al sol y un mecánico que le ajustó gratis el embrague.
- Cueva de las Manos: huellas antiguas que le apretaron el pecho sin permiso.
- Siete Lagos: agua turquesa, humo de asado y una lluvia que olía a pino.
Encuentros en el camino
En una despensa de Catamarca, una niña le dibujó una moto con lápices de cera. “Para que no te pierdas”, dijo, entregándole la hoja con una sonrisa inmensa. Emilio guardó el papel entre el documento y una medalla de San Cristóbal.
Un camionero de Mendoza lo acompañó cien kilómetros a la par, luces cortas y conversación de mano levantada. “Vos hacés lo tuyo, yo te cuido el espejo”, juró, hasta que el sol rompió el frío como una naranja. Emilio respondió con un bocinazo que sonó a brindis.
En la Patagonia, una pareja de ciclistas lo invitó a compartir sopa en una carpa que olía a tiempo y a humo. “Lo importante no es llegar, es seguir”, brindaron con cucharas de acero contra un cielo lleno de fuego.
Pequeñas lecciones de la ruta
Aprendió a leer nubes como si fueran señales de tránsito. A reconocer el cansancio antes de que el cuerpo lo grite. A aceptar que el plan más sabio es el que cambia con el viento y que la paciencia es el mejor combustible.
Descubrió que un termo puede ser un faro y que un taller al borde del camino es una isla. Que la soledad se parece menos a un pozo y más a una hamaca cuando uno aprende a balancearla con cuidado.
El regreso que no termina
Casi al final, en el sur más sur, Emilio habló en voz baja con la foto que guardaba en el pecho. “Hasta aquí llegamos, vieja”, murmuró, y el mar le contestó con espuma y sal. No había multitudes, solo una línea de viento aplaudiendo el momento.
De vuelta en casa, puso el mapa nuevamente en la pared, ahora con huellas de tierra y marcas de lápiz. “No sé si hice una ruta o si la ruta me hizo a mí”, dijo en la sobremesa, rodeado de nietos que lo escuchaban con ojos redondos.
A veces se despierta antes del alba y toca la moto como quien saluda a un cómplice. No presume, no colecciona trofeos, no calcula el kilometraje. Solo prepara un mate, abre el cuaderno, y escribe: “Hoy aprendí que la vida es una curva que se toma con calma y con ganas de seguir”.