Tenía la mirada limpia y el paso corto, pero decidido. En la senda polvorienta hacia las quebradas, su silueta pequeña se recortaba contra un cielo frío y despejado. No llevaba prisa, llevaba paciencia; no buscaba un récord, buscaba una historia que pudiera contar a sus nietos.
A su alrededor, el murmullo de la montaña era constante: viento, piedras, respiración. “Aquí el tiempo es otro”, dijo sonriendo, acomodando la correa gastada de su mochila. Cada tramo parecía una pregunta, y su paso, una respuesta tranquila.
Un sueño postergado, una mochila liviana
Decía que la idea nació hace décadas, cuando aún coleccionaba mapas de papel y recortes de revistitas de montaña. La vida lo fue desviando por caminos más urbanos, pero el deseo quedó enterrado como una semilla. “No vine a ganarle a nadie, vine a conversar con la montaña”, deslizó con humor.
Su preparación fue metódica y silenciosa. Caminatas diarias en un parque barrial, escaleras subidas con calma y una mochila ligera para reforzar piernas. “La constancia es más fuerte que el músculo”, repetía, chequeando el pulso con un reloj sencillo. Comía frutos secos, bebía tragos pequeños de agua, y cada tanto masticaba una pausa.
El sendero, la altura y el cuerpo
La montaña no es un gimnasio: es un relato que se escribe con altura, clima y humildad. En el cruce de arroyos, se apoyaba en sus bastones flacos y contaba hasta veinte, dejando que el pecho se ordenara. “Cuando la cabeza va apresurada, el cuerpo protesta; si la cabeza escucha, el cuerpo agradece”.
En la altura, el aire se vuelve un maestro exigente. Aprendió a respirar como quien reza: largo, lento, consciente. Si la sombra de un malestar asomaba, daba un paso atrás, tomaba té tibio y se ponía un gorro. “La montaña te invita, no te obliga”, decía, acomodando el pañuelo rojo del cuello.
La juventud que pasa, la paciencia que queda
“Los chicos me pasaban a trote”, contaba entre risas, “y yo seguía con mi ritmo”. No había ironía, había una ternura calmada por la velocidad de otros. “El mérito no es llegar primero, es escuchar el camino”.
En cada adelantamiento, ofrecía un saludo breve y un deseo de buena senda. “La energía que se comparte pesa menos”, aseguraba, haciendo lugar a quien pedía paso con una cortesía antigua.
Pequeñas lecciones de un gran cerro
Aprendió a leer el cielo: si las nubes avanzaban en trompa, había que abrigarse. Aprendió a cuidar los pies: si ardían, se ajustaban los cordones, si dolían, se cambiaban medias. “El cuerpo te habla en susurros; si no lo escuchás, te grita”.
También aprendió a reconocer la alegría mínima: una roca plana como asiento, un sorbo de agua que sabe a premio, una carcajada que rompe el silencio. “La montaña te devuelve la medida justa de las cosas”.
La base como destino y como comienzo
Al divisar las carpas del campamento, el mundo pareció acercarse. No hubo euforia, hubo una calma tibia. Se quedó quieto, dio las gracias, y se dejó invadir por una satisfacción sin alardes. “Llegar es bonito; darse cuenta de que se podía es aún más bonito”.
Fotografías con gente que no conocía hacía un día, pero que parecía conocer de siempre. Un mate compartido, un “bien ahí, maestro”, y esa complicidad simple de quien entiende el esfuerzo del otro.
Consejos que caben en un bolsillo
- Llevar el paso más lento de lo que creés, y mantenerlo con disciplina.
- Comer poco y a menudo; beber antes de sentir sed.
- Parar antes de agotarte, no cuando ya es tarde.
- Cuidar los pies como a un tesoro: calcetines secos y ajuste fino.
- Escuchar el clima y a tu cuerpo: si pide pausa, es una orden.
Edad: peso, impulso y excusa
“Los años son una carga y un motor”, dijo mientras se ponía un abrigo azul. “Pesan en las rodillas, empujan en la cabeza”. No romantizaba: habló de dolores tozudos, de madrugadas cortas, de la torpeza de los dedos con frío. “Pero si el deseo es honesto, encuentra su manera”.
Para él, la edad fue una especie de brújula. Le marcó límites y le señaló rumbos. “No vine a pelear con mis ochenta; vine a recorrerlos”, soltó con una sonrisa ancha.
Volver distinto, volver más simple
En el descenso, todo parece más cercano. Se saludan los mismos piedros, se agradecen las mismas sombras, se reconoce la curva donde la respiración se acomodó. “Bajar es firmar el relato”, comentó, “porque uno se va con el eco de lo que aprendió”.
Ya en el llano, prometió volver con el mismo paso y el mismo silencio. “No sé si llegaré más arriba, pero sé que seguiré andando”, dijo, guardando la gorra con un gesto lento. En sus ojos había una chispa discreta: la certeza de que, en el corazón de la altura, la vida se vuelve más ligera, y la voluntad, más humana.