Esta ruta del vino en Mendoza fue elegida la mejor de Sudamérica para recorrer en bici

4 julio, 2026

Esta ruta del vino en Mendoza fue elegida la mejor de Sudamérica para recorrer en bici

El rumor corre entre ciclistas y enólogos: una ruta vitivinícola de Mendoza se ha ganado el corazón de los amantes de la bici. En pocos kilómetros, se combinan viñedos centenarios, caminos tranquilos y una hospitalidad que sabe a Malbec. El paisaje es amplio, los olores son frutales, y a cada giro aparece una bodega con su propia historia. Quien pedalea por estas tierras siente que el tiempo se vuelve elástico, como si el día se alargara para saborear mejor cada kilómetro.

¿Dónde empieza el pedaleo?

Los pedales suelen comenzar a girar en Luján de Cuyo y Maipú, a pocos minutos de la ciudad de Mendoza. Entre acequias, álamos y hileras de vines, el asfalto cede a tramos de camino rural donde la bicicleta respira. La sombra de la cordillera acompaña, con el Aconcagua recordando que estas son tierras de altura y silencio.

Las distancias son amables: tramos de 5 a 10 kilómetros entre bodega y bodega, con opciones para circuitos de 20, 35 o 50 kilómetros. Hay ciclovías en sectores urbanos y banquinas anchas en vías rurales de baja circulación. La mejor hora es la mañana, cuando el sol aún es suave y la brisa trae perfume de lavanda y mosto.

“Es un pedalear sin prisa, como leer un poema en voz baja”, me dijo un guía de Luján, mientras ajustaba el casco de una visitante curiosa.

Entre bodegas, historia y terroir

Aquí, las bodegas cuentan cuentos: algunas son centenarias y huelen a barrica y tiza, otras son vanguardistas, de líneas limpias y salas de degustación con vista a los Andes. El Malbec es rey, pero también brillan Cabernet Sauvignon, Petit Verdot y Bonarda con carácter propio.

El terroir se siente en la textura del camino y en el sabor de la fruta; hay suelos aluviales, días secos y noches frescas que afinan la acidez. Entre sorbo y sorbo, la bici recuerda que la moderación es parte del viaje: beber con cuidado, hidratarse con agua y dejar tiempo entre cata y cata.

Una enóloga de Maipú resume la magia con sencillez: “La viña te habla cuando pasás despacio; la bici te enseña a escuchar esa voz”.

La logística del ciclista

La experiencia funciona mejor con logística simple y sentido común activo. Hay alquileres de bicicletas y e-bikes en Luján, Maipú y la ciudad de Mendoza, muchos con mapas, cascos y soporte de emergencia. Se recomienda reservar degustaciones con antelación y planificar un ritmo de 3 a 4 bodegas por día.

El clima es seco y el sol, enfático: protector solar, lentes y agua son esenciales. En primavera y otoño, el pedaleo es más templado; en verano, conviene arrancar temprano o apostar por la siesta entre parral y sombra. El viento Zonda, ocasional y cálido, puede cambiar planes: mejor revisar el pronóstico y mantener la flexibilidad.

  • Itinerario sugerido: salida en Chacras de Coria, tramo por Vistalba y Agrelo, almuerzo ligero, siesta breve, y cierre en bodega con atardecer naranja y café corto.

Si el vino se sube a la cabeza, hay transfers y taxis de apoyo. Más de una bodega ofrece food trucks de platos livianos: empanadas, ensaladas, panes de masa madre y quesos locales. Y siempre, llevar luces y timbre: el respeto vial es una forma de gratitud hacia quien comparte el camino.

Valle de Uco: la extensión soñada

Para quienes quieren estirar la ruta, el Valle de Uco es un capítulo imprescindible. Tupungato, Tunuyán y San Carlos despliegan viñedos a 1.000–1.200 metros, con aire de montaña y horizonte limpio de nubes. El asfalto se alterna con ripio compacto, ideal para gravel o e-bike con cubiertas anchas.

Las bodegas aparecen como oasis arquitectónicos entre álamos y piedra. La gastronomía juega en primera: fuegos lentos, vegetales de huerta, panes tibios y postres con frutas andinas. Muchos cocineros hablan de cocina de origen, y se nota: el producto es el protagonista y el vino entra como un acorde más.

“Cuando llegás a Uco, la bicicleta parece flotar; todo es más silencioso, más nítido”, me comentó una ciclista chilena mientras mirábamos el sol ponerse detrás del Cordón del Plata. Las fotos no hacen justicia: lo mejor es guardar un rato la cámara y sentir cómo la rueda dibuja su propio mapa.

Impacto y comunidad

El reconocimiento atrae viajeros, pero también impulsa buenas prácticas. Muchas bodegas fomentan el uso de la bici con descuentos, estaciones de agua y talleres de mecánica rápida. Hay programas de compostaje, reducción de plásticos y reforestación de álamos. El turismo de proximidad fortalece a pequeños productores, artesanos y guías locales.

El espíritu es claro: avanzar sin apuro, consumir de manera consciente y cuidar lo que hace único a este paisaje desértico. La ruta se gana el título no solo por su belleza, sino por la suma de pequeños gestos colectivos. Se pedalea entre viñas, sí, pero también entre personas que creen en un turismo más humano.

Quizás por eso, al final del día, quedan en la memoria tres cosas: el brillo de la luz sobre los sarmientos, el eco blando de la grava bajo la rueda, y el sabor largo de un Malbec que sabe a lugar y a camino. Porque aquí, la bicicleta no es solo transporte: es una forma de pertenecer, por un rato, a una tierran que se cuenta mejor a golpe de pedal y respiración profunda.

Camila Torres

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Soy periodista y redactora en Diario22.ar, apasionada por las historias que conectan la actualidad con la gente. Me formé en comunicación social en Buenos Aires y desde entonces busco darle voz a lo cotidiano, con una mirada curiosa y humana. Creo que el periodismo no solo informa: también inspira y transforma.

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