A los 89, una mujer levantó la vista en el norte y sintió que el tiempo se detuvo. En la ruta polvorienta, la luz andina parecía nueva, como si ese pedazo de mundo se hubiera guardado para ella. Dijo bajito, con una sonrisa que vencía el frío, que por fin el paisaje le quedaba “a la medida de sus pasos”.
El deseo que esperó ocho décadas
De niña, Elena había visto en un libro de geografía un dibujo de montañas multicolores, y desde entonces guardó un recorte en su billetera. “Un día voy a ir”, repetía, como un rezo terco, cada vez que el trabajo y la familia la dejaban cansada. A los 89, con la venia del médico y el empuje de sus nietos, convirtió ese anhelo en un plan simple: caminar donde el aire cuenta historias antiguas.
Durante meses hizo pequeñas rutas en la plaza de su barrio, ensayando una respiración más lenta. “No vine a vencer el tiempo; vine a escucharlo”, dijo antes de subir al micro que la llevaría a la altura, con una bufanda de lana y una bolsa de caramelos de limón.
Primeros pasos entre cardones
El amanecer en Purmamarca la encontró oliendo pan caliente y escuchando quenas que parecían venir de una siesta. Un guía, Ramiro, le alcanzó té de coca y una advertencia suave: “Aquí se camina despacio, porque la montaña prefiere los susurros”. Ella asintió, tocó un cardón con respeto antiguo, y sonrió ante las paredes de adobe que guardan fresco.
Más tarde, el cerro de los Siete Colores se abrió como un abanico inmenso, y Elena sostuvo el silencio con los dos manos. “Qué paciencia para pintar así la tierra”, dijo, como si alguien, arriba, la escuchara con calma. No fue prisa lo que sintió, sino una especie de pacto: caminar sin apuro, dejar que el paisaje le marque la cadencia.
• Momentos que guardó en su cuaderno: tocar una apacheta y agradecer en voz baja; compartir hojas de coca con una señora de trenzas; probar una humita tibia, dulce y salada; quedarse inmóvil ante un rebaño que levantó un polvo dorado.
El corazón de la Quebrada
En Tilcara subió al Pucará paso a paso, midiendo el aire como quien sorbe un secreto. El viento, que en la altura no pide permiso, le movía el sombrero y le dejaba un zumbido alegre. “A los 20 yo corría —dijo—; ahora aprendo a mirar, que es correr por dentro”.
Un artesano le mostró tejidos con guardas que cuentan ríos, cóndores y sendas. “Todo esto viaja en los hilos”, explicó él, mientras Elena seguía con el dedo una figura en zigzag que parecía un camino. Se llevó un pequeño poncho para una bisnieta, “para que la memoria no sea sólo palabra, sino tacto”.
Más tarde visitó la iglesia de Uquía y sus ángeles arcabuceros, que custodian el polvo con una elegancia severa. Allí se quedó un minuto de más, no por fe de templos, sino por fe de cielos.
El vértigo de los colores
La jornada que la llevó hasta el Hornocal fue una canción de curvas y silencios. La camioneta trepó sin apuro, y cada viraje dejaba ver otra hilera de montañas como páginas superpuestas. “No corran —dijo Ramiro— que el paisaje no se va”, y ella rió, como si alguien hubiera leído su pensamiento.
Al llegar al mirador, el aire se hizo delgado y la luz, afilada. Elena se sentó primero, bebió un sorbo de agua, y cuando se levantó, los catorce colores parecieron moverse como fuego quieto. “Es raro —murmuró—, el pecho se me encoge y se me ensancha a la vez”, y estiró la mano, no para tocar la montaña, sino para tocar su propio ritmo.
No repitió las palabras que la guiaron tantos años, pero dejó escapar una frase que le nació limpia: “Siento que rozo el cielo”. Nadie contestó, porque a veces la emoción se escucha mejor cuando se vuelve eco.
Lecciones de un camino alto
Ese día aprendió que la altura es maestra de humildad, y que andar despacio no es perder, sino llegar por otra puerta. “El cuerpo sabe —dijo— cuando uno lo trata como a un compañero”. Y sonrió al recordar cuántas veces postergó un viaje por el miedo al reloj.
En Humahuaca, la plaza fue una pausa con sabor a quinua, música de charango y niños que corrían como cometas sueltos. Una señora le ofreció un pequeño ramo de rica-rica, “para el aliento”, y Elena lo guardó entre las páginas de su recorte viejo.
Antes de volver, dejó una piedra en una apacheta, con un deseo nuevo: regresar para un carnaval y bailar apenas, con paso chiquito, mientras los cerros le marcan el compás. “No hay edad para el asombro”, dijo, mirando el horizonte que ardía en naranja y violeta.
Elena volvió con un cansancio feliz, el rostro curtido por el sol y los ojos llenos de brillos. En su mesa, de regreso, el mapa del norte ya no es un dibujo de tinta, sino la memoria reciente de un camino que late bajo la piel. Y en su billetera, junto al recorte, ahora hay un granito del Hornocal, para recordar que a veces la altura no está en metros, sino en la forma en que se mira.