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Con personajes entrañables y el paisaje entrerriano como protagonista, el director construyó una historia de amor y amistad no convencional. “En el contexto actual, es un acto de resistencia”, asegura.

Es muy difícil de clasificar la nueva película del director argentino Nicolás Herzog Elda y Los Monstruos. Tampoco es necesario hacerlo para disfrutarla en una sala de cine y sumergirse en el viaje que propone reivindicar la amistad y la libertad, en el mejor de los sentidos. Salirse de los casilleros también es algo que experimenta la protagonista, porque a medida que avanza el film va descubriendo quién quiere ser: Diego, un chico sensible y algo tímido; o Elda, una cantante que va al frente en todo. Sin embargo, se niega a definirse. Al fin y al cabo, estas dos personalidades conviven en ese cuerpo sin ningún tipo de conflicto.

 

Elda y Los Monstruos cuenta la historia de Elda, quien ansía transformarse en una estrella glam, enfrentándose a su tímido alter ego, Diego. Ambos personajes navegan a través del amor y el desamor, en una trama que se desarrolla en una peregrinación hacia el altar de La Muda, una mujer trans venerada tras ser asesinada. La película explora temas de amor, crecimiento personal y conexión con la naturaleza, rompiendo los binarismos convencionales. La película ganó el Premio “Mejor Montaje” en el 38º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, destacada por su innovadora narrativa y técnica cinematográfica.

 

—¿Cómo conociste al personaje principal?

—Con Diego nos conocemos de mi película anterior. Él hizo un personaje en La sombra del gallo. El casting que da inicio es el casting de esa película. Llegué a él por Natalia, la coprotagonista. Lo invité a ese casting en 2018, allí se puede ver el momento fresco y genuino de ese Diego algo tímido. Después de esa experiencia profundizamos bastante el vínculo y ahí decidimos arrancar esta aventura. Había algo en él que no terminaba de manifestarse cuando empezamos a filmar. De alguna manera Elda se comía la pantalla. Ella era la película, tiene algo muy convocante: es disruptiva, extrovertida. Sin embargo, Diego es tímido, celoso de mostrarse públicamente, pero también tiene un alma y un amor muy grande. Me interesaba jugar un poco a ver dónde estaba Diego y dónde Elda. Ese material del inicio es como una parábola del pasaje de Diego a Elda. fue una manera de presentar al personaje principal, un punto de partida para después acercarnos a él de a poco.

 

—Hay algo muy espiritual que sobrevuela toda la película ¿Qué quisiste mostrar con eso?

—Creo que es una mixtura, es más mía que de Diego. Es más mi búsqueda personal de ese momento, y encontré un espejo, no solamente en Diego, sino que aparece en todo el grupo. Porque cada uno de los personajes lleva consigo un camino de búsqueda. Cada uno con sus particularidades me transmitía ese costado tan ecléctico que tiene la película, donde lo espiritual no se subsume solamente a lo religioso católico apostólico románico. Más bien abre hacia la dimensión de lo desconocido, a la pregunta sobre el ser.

 

En palabras de Nicolás Herzog, el film se plantea como una celebración cinematográfica que indaga en las complejidades del deseo, el amor, la libertad, y los miedos, con una fuerte presencia de la música y las relaciones de amistad. Infobae Cultura entrevistó al director que vuelve a elegir los paisajes litoraleños de su Concordia natal para darle un marco a su nueva película que se estrena en salas argentinas.

 

¿Por qué decidiste incluir la palabra monstruos en el título de la película?

—Cuando empezamos a trabajar en la película era un retrato de Elda, después fue cambiando por el viaje que hacen estos amigos. Cuando arrancamos a filmar, Elda estaba empezando a hacer un proceso de transformación y tenía su propia banda que se llamaba “Elda y los detonantes”. El registro de esos shows fueron un disparador para armar una banda exclusivamente para la película, compusimos temas para la película y ahí decidimos que la banda de alguna manera lleve el nombre de la película también. Tuvimos un ida y vuelta con la banda donde ellos compusieron casi 12 canciones, que logramos subir a Spotify todo el soundtrack.

 

Sobre la palabra “monstruos”, la idea es hacerse cargo un poco de esa palabra porque me parece que tiene una energía bastante larga y extraña; y la comunidad se la fue apropiando a lo largo de los años. Era hacernos un poco cargo de eso desde el punto de vista formal. Eso, por un lado: resignificar la palabra, no darle un tamiz luminoso y positivo. También me parece que al mismo tiempo la palabra habla de los fantasmas de los personajes y todo ese trajín que la película va sumándole a ese viaje de peripecias y todo lo que va sucediendo en torno a esta capa mitológica que la película tiene. También está el trasfondo de la película: no deja de haber un transfemicidio detrás, como dispositivo ficcional. Ahí lo monstruoso tiene otra dimensión.

 

—También jugás mucho con lo onírico…

—La dimensión onírica siempre estuvo muy presente en todas mis películas. Es algo que surge cuando me pongo en marcha con un proyecto, hay una zona que es de descontrol, donde me presto a ver qué es lo que me trae. Obviamente, estamos hablando de un territorio que ya conozco mucho, pero que siempre me trae muchas sorpresas. Es la cuarta película que filmo en la región, que es donde viví mi infancia y mi adolescencia. Es mi lugar en el mundo. Hay algo de la atmósfera litoraleña que promueve y habilita a lo desconocido. En este caso puntualmente, lo diferente, lo desconocido y lo disruptivo, lo no binario, está en el centro del corazón de la escena.

 

Trabajé con Santiago Giralt, con quien nos conocemos hace tiempo. Compartimos la parte de cuando estaba desarrollando el viaje y pensando cómo contarlo. En una primera instancia, iban a ser los cuatro amigos que iban a llevar las cenizas de la abuela de Diego al campo. Luego, se nos ocurrió la idea del viaje al altar a “La Muda”, un personaje mítico muy importante en nuestra adolescencia en Concordia. Se había armado toda una mitología en torno a ella. A partir de ahí, ya virando hacia la ficción, se me ocurrió un poco a este personaje trans, que lo puse a disposición del elenco. Digo elenco, pero en realidad la película está muy en los límites entre la ficción y el documental. No sabemos muy bien qué es. En ese viaje al altar ya no importe demasiado la llegada, sino el proceso de búsqueda de transformación que surge en el mismo.

 

—Algo que se rescata de la película es que siempre mantiene la alegría en toda su narrativa, ¿por qué quisiste que fuera así?

—Desde el primer momento fue casi una condición la de no cargar las tintas sobre la victimización o la comodidad. Ya había mucho material y películas que abarcan o cuentan eso. Quería lograr una reivindicación. Que fuera un festejo de la vida, de la amistad, del amor, de los vínculos. Hicimos la película con mucho amor y espero que se transmita y traspase la pantalla. Creo que en el contexto de hoy la película se transforma humildemente en un acto político de resistencia, palabra que no estaba utilizando el año pasado, pero hoy es bastante evidente. Se trata de una película fresca, amable sobre el amor y la libertad.

 

—Es un film muy musical, con temas propios. Pero abre y cierra con una canción de Virus ¿Por qué?

—Se fue dando hacia el final. En primer lugar, necesitábamos un tema para musicalizar esa fiesta y no podía ser de la banda porque iba a quedar raro. En las primeras versiones, había una música electrónica y la película cerraba con un tema de Elda. Pero, como estaba muy cargada de la música, me pareció que al final tenía que sonar otra cosa para no desgastar y en un momento ya con el montaje cerrado, iniciando la post, me llega “Encuentro en el río”, que era un tema que yo tenía en el radar, pero muy lejano, ya que no es un tema demasiado escuchado de Virus.

 

Cuando vuelvo a escucharlo y me detengo en la letra, lo veo a Federico y me remite mucho a Diego y me doy cuenta de que es perfecto, parecía casi compuesto para la película. Tenía que estar de alguna manera. Lo probamos primero en la fiesta y funcionaba. Después, también terminó cerrando el film y me parece que lo levantó un montón. Hay algo de marco que se arma entre el principio y el final, con toda la banda en el medio, que hace que todo explote mucho más. Además, es el último tema que compone Virus para Superficies de placer, que es el último disco de la banda. Tiene una historia bastante particular. Federico Moura ya estaba mal y tenía pocos meses de vida y le pidió a Marcelo que escribiera una canción para que quede en la posteridad para su público. Es una oda al más allá, a la música como puente transmisor, que es un poco también el corazón de la película.

 

—Concordia vuelve a ser protagonista de una de tus películas y encima en este caso tiene un rol muy fundamental.

—Todas las locaciones son en los alrededores del lago de Salto Grande, en el norte de Concordia. Es una zona hermosa donde hay reservas, parece muy despojada, pero están bastante cerca de la civilización. El viaje en realidad fue construido, ya que íbamos y volvíamos en el día. Teníamos mucha libertad y éramos un equipo chico, con lo cual hubo un trabajo muy importante después en postproducción, sobre todo de la banda sonora. Además, toda la banda es entrerriana, de Concordia. Siempre fue una ciudad donde la música fue juega un rol relevante, del rock en general. Hay una movida muy grande.

 

—La filmación estuvo muy marcada por la pandemia ¿Cómo atravesaron esa experiencia?

—El mayor inconveniente que tuvimos fue que se filmó en dos etapas. La primera fue en el 2020, después vino la pandemia. Paramos casi un año y medio y retomamos en el verano de 2022. En ese arco pasaron un montón de cosas que no se ven en la película. Por ejemplo, Elda se había rapado y hubo que esperar a que le crezca de nuevo el pelo para que haya continuidad. Encima, en 2022 viene el rebrote de Covid con Ómicron justo cuando empezamos a volver a filmar y en la mitad del rodaje, Elda va a una fiesta de 15 con toda su familia, se contagió y contagió a casi todo el equipo.

 

Frenamos casi dos semanas. Por suerte, rápidamente volvimos a filmar. Los protagonistas estaban con la voz ronca por el Covid y se trabajó en el post para que no se noten ese tipo de cosas. Tuvimos un brote de Covid, una ola de calor y un incendio. Todo eso que más o menos en la película se ve. La idea era aprovecharlo y que formara parte de la experiencia narrativa. Fue un rodaje muy lindo, pero intenso en su complejidad.

 

 

 

Diario22.ar con información de Infobae







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